Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:
Adivina, adivinanza, majestad; mañana me llevaré a tu hijo.
—He recorrido todo el reino de punta a punta, majestad —dijo—. He solicitado ayuda a brujas y hechiceros. Pero todo fue inútil. Al fin, estaba tan agotado que me tumbé a dormir en una ladera. Cuando me desperté vi el resplandor de -un fuego a través de los árboles, y al acercarme sigilosamente, vi a un hombrecillo la mar de raro bailando en torno a una hoguera. Recitaba sin cesar:
En esto llamaron a la puerta y entró el mensajero, que volvía de la misión que le había encomendado la reina.
La reina estaba desesperada. ¿Qué podía hacer?
—Nada de eso. ¡Frío, frío! —rió el hombrecillo. Y tras dos horas de adivinanzas, dijo—: Ya puedes espabilarte mañana. Será mi última visita.
Al día siguiente, la reina trató de pensar en todos los nombres más absurdos que podría usar un enano. Y cuando éste se presentó ante ella, le preguntó: — ¿Te llamas acaso Paticojo, o Cojitranco, o Barbas Negras, o Zancarrón, o…?
— ¡No, no, no! ¡Te equivocas de medio a medio! —Después que la reina se pasó una hora recitando nombres, el hombrecillo desapareció.
— ¿Te llamas Gumersindo? ¿Baltasar? ¿Saturnino? ¿Toribio? ¿Quizá Segismundo, o Agapito, o Cucufate, o Eudaldo…?
La desafortunada reina mandó que su mensajero más fiel redactara una lista con todos los nombres menos frecuentes del reino, y ella misma se dedicó a leer todos los libros que había en la biblioteca real. Cuando el hombrecillo volvió a presentarse de improviso en el cuarto de estar de la reina, ésta le preguntó:
Y diciendo esto, desapareció antes de que ella pudiera añadir otra palabra.
—Mi nombre. Puedes intentarlo tantas veces como quieras. Pero si no has conseguido adivinar mi nombre en el plazo de tres días, me llevaré a tu hijo.
— ¿Tu nombre?
—Lo suponía —dijo el enano despectivamente—. Así que te niegas a cumplir tu promesa. Pues tendrás que cumplirla… a menos que sepas adivinar mi nombre.
— ¡No! ¡No! ¡Toma lo que quieras, mi corona, mi palacio, lo que sea! ¡Pero mi hijo no!
—He venido por mi recompensa: tu primer hijo.
Pero un día que estaba sentada con él en brazos, el hombrecillo se presentó de improviso y dijo:
Eloísa se sentía tan feliz que muy pronto se olvidó del hombrecillo y de la promesa que le había hecho. Ni siquiera se acordó de él cuando dio a luz a su primer hijo.
Al cabo de una semana se celebró en palacio la suntuosa boda real.
¡Fantástico! ¡Tu padre estaba en lo cierto! ¡Me casaré contigo!
— ¡Asombroso!
Pero antes de que ella pudiera añadir una palabra más, el extraño ser desapareció… justo cuando el rey abría las inmensas puertas de la sala. Miró con satisfacción las balas de oro y exclamó:
-Yo… ¿Qué?
—Pronto lo estarás.
— ¡Pero si ni siquiera estoy casada! —protestó Eloísa.
—Y el hombrecillo saltó sobre el taburete y se puso a hilar más deprisa que nunca. Así y todo, el sol ya se ponía cuando él terminó su labor. El enorme montón de paja se había transformado en un centenar de balas de oro puro. Eloísa le dio las gracias repetidamente.
—Ya pensaré en algo.
¡Lo que sea! ¡Pero no me queda nada que tú pudieras desear!
— ¡Oh, lo que sea!
—No estés tan segura de ello… aquí me tienes otra vez. ¿Qué me darás si hilo toda esta paja y la transformo en oro para ti…, y tú te conviertes en reina?
—No tendré tanta suerte esta vez —se lamentó Eloísa— ¡El hombrecillo no volverá a presentarse!
—Si eres capaz de transformar todo esto en oro antes del anochecer, me casaré contigo —dijo el rey—. De lo contrario, te mantendré encerrada para siempre.
Con que a la mañana siguiente la condujo a la estancia más grande del palacio real. La paja amontonada casi alcanzaba el techo y en un rincón estaba la misma pequeña rueca.
Al anochecer, cuando el rey entró en la habitación, quedó entusiasmado al ver todo aquel oro. Tal era su afición por ese metal, que decidió no enviar a Eloísa a su casa hasta que la joven le hubiera convertido en el rey más rico del universo.
—De nada. Encantado de poder servirte. —Y con esto volvió a esfumarse.
—Era de mi madre, pero te lo entrego gustosa. —Y le dio las gracias mil veces.
—Ahora entrégame tu anillo de plata —dijo el enano, bajándose del taburete.
A las pocas horas había un millar de bobinas de hilo de oro puro apiladas contra la pared.
el curioso hombrecillo saltó sobre el taburete y se puso manos a la obra.
—Sí, sí, desde luego.
— ¿Tu anillo de plata?
Y el curioso hombrecillo saltó sobre el taburete y se puso manos a la obra.
— ¡Oh, lo que sea! ¡Lo que sea!
— ¿Tu anillo de plata?
— ¿Qué me darás si hilo toda esta paja y la convierto en oro para ti? —inquirió el hombrecillo.
Eloísa se sentía tan aliviada al volver a ver al hombrecillo, que casi no podía articular palabra.
— ¡No temas, aquí me tienes de nuevo!
— ¡Oh, qué voy a hacer! ¡Ojalá apareciera otra vez aquel maravilloso hombrecillo!
—Quiero que conviertas esta paja en oro antes del anochecer —dijo el rey.
A la mañana siguiente, la llevó a una habitación más espaciosa. En un rincón había un montón de paja más grande que el anterior, y junto a él la misma rueca.