Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:
Fuimos arrojados a una isla habitada por unos enanos terribles, que nos cogieron prisioneros. Los enanos nos condujeron hasta un gigante que tenía un solo ojo y que comía carne humana. Al llegar la noche, aprovechando la oscuridad, le clavamos una estaca ardiente en su único ojo y escapamos de aquel espantoso lugar.
“Hubiera podido quedarme en Bagdag disfrutando de la fortuna conseguida, pero me aburría y volví a embarcarme. Todo fue bien hasta que nos sorprendió una gran tormenta y el barco naufragó.
Terminado el relato, Simbad el Marino volvió a darle al joven 100 monedas de oro, con el ruego de que volviera al día siguiente…
L legué hasta un profundo valle sembrado de diamantes. Llené un saco con todos los que pude coger, me até un trozo de carne a la espalda y aguardé hasta que un águila me eligió como alimento para llevar a su nido, sacándome así de aquel lugar.”
” Volví a zarpar. Un día que habíamos desembarcado me quedé dormido y, cuando desperté, el barco se había marchado sin mí.
Así lo hizo Simbad y el anciano prosiguió con sus andanzas…
L legado a este punto, Simbad el Marino interrumpió su relato. Le dio al muchacho 100 monedas de oro y le rogó que volviera al día siguiente.
” Aunque mi padre me dejó al morir una fortuna considerable; fue tanto lo que derroché que, al fin, me vi pobre y miserable. Entonces vendí lo poco que me quedaba y me embarqué con unos mercaderes. Navegamos durante semanas, hasta llegar a una isla. Al bajar a tierra el suelo tembló de repente y salimos todos proyectados: en realidad, la isla era una enorme ballena. Como no pude subir hasta el barco, me dejé arrastrar por las corrientes agarrado a una tabla hasta llegar a una playa plagada de palmeras. ... (ver texto completo)
Me llamo Simbad el Marino. No creas que mi vida ha sido fácil. Para que lo comprendas, te voy a contar mis aventuras…
En la sala estaba dispuesta una mesa llena de las más exóticas viandas y los más deliciosos vinos. En torno a ella había sentadas varias personas, entre las que destacaba un anciano, que habló de la siguiente manera:
A través de maravillosos patios llenos de flores, Simbad el Cargador fue conducido hasta una sala de grandes dimensiones.
Quiso el destino que sus quejas fueran oídas por el dueño de una hermosa casa, el cual ordenó a un criado que hiciera entrar al joven.
– ¡Pobre de mí! -se lamentaba- ¡qué triste suerte la mía!
Simbad el marino
Hace muchos, muchísmos años, en la ciudad de Bagdag vivía un joven llamado Simbad. Era muy pobre y, para ganarse la vida, se veía obligado a transportar pesados fardos, por lo que se le conocía como Simbad el Cargador.
Serafín respiró aliviado y se prometió a sí mismo no volver a ser nunca realmente malo. Pero por si las alas o la aureola amenazaban con aparecer de nuevo, decidió cepillarse siempre los dientes de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, en vez de arriba abajo, como le habían dicho que tenía que hacer.
Tan sólo después de haber sido bueno durante tres días, el rabo y los cuernos desaparecieron, arrastrados por el agua del baño.
Y el rabo enrollado en su pantalón creció un poquito más.
-Me di un golpe en la frente -mintió.
Ella le preguntó por qué llevaba una venda en la cabeza.
-No estaba en mis cabales ayer -dijo.
¡Pobre Serafín! Tendría que volver a ser bueno. Pidió perdón a su madre, devolvió el dinero al mendigo y fue a limpiar el muro del cuartel de los bomberos. Pidió disculpas a su maestra.
¡Serafín era un diablo!
A la mañana siguiente, Serafín comprendió: le habían crecido un par de cuernos y tenía un rabo puntiagudo que le llegaba a los pies.
Corrió hasta el cuarto de baño para mirarse en el espejo: tenía dos manchitas rojas encima de las cejas. Sus ojos tenían un extraño color y le dolía el trasero.
“No puede ser mi aureola”, pensó. “ ¡Si no he hecho nada bueno en todo el día!”
A decir verdad, Serafín no se sentía nada bien. Notaba un dolor espantoso en la frente.
- ¡Serafín! -gritó su padre- ¿Qué le pasa a este niño, mamá? ¿Está enfermo?
-No, y no volveré a lavarme ni a cepillarme los dientes nunca, ni siquiera hacia los lados.
- ¿Te has lavado las manos, querido? -dijo su madre.
-Prepárame la cena, mamá -exigió-. Ahora mismo.
De regreso a casa, se puso a saltar sobre la cama con las botas puestas, hasta que se rompió. Sacó todos su juguetes… y no los volvió a guardar.
Pero Serafín se escapó corriendo, dobló la esquina donde había un mendigo pidiendo limosna y al pasar le robó lo que tenía en el platillo.
- ¡Tú, diablillo! -gritó un hombre a quien empujó de mala manera.
Serafín buscó su aureola. Había desaparecido, dejándole una leve impresión de calor en el cogote, que se le quitó tras haber tirado unos cuantos guijarros a los patos del estanque. Después de desinflar los neumáticos de un par de coches, llamar a unos cuantos timbres y quitarle los caramelos a un niño, se dio cuenta de lo mucho que se estaba divirtiendo. Una especie de risa diabólica se le escapó de la garganta al tiempo que sus plumas de ángel se desparramaban como la lluvia.
- ¡Demonio de niño! -gritaron, y el encargado le amenazó con el puño.
En el supermercado retiró la lata judías que soportaba toda la pila. Desenchufó los aparatos frigoríficos y descongeló todos los pollos. Lanzó un carrito contra un estante de rollos de papel y todos los paquetes de papel higiénico se vinieron abajo sobre los compradores.
Aquello no le gustaba nada. Ser malo resultaba pesadísimo para un angelito como Serafín.
Se ciñó la cazadora y se fue corriendo de la clase y del colegio, hasta la calle. Se paró delante del cuartel de los bomberos y con una tiza dibujó en el muro una caricatura de su maestra. Debajo escribió: “Ser malo es maravilloso” y “La maldad es estupenda”. Cuando se fue a la calle de las tiendas, dejó tras sí tantas plumas blancas que se hubiera podido llenar con ellas una almohada.
Al instante, una pluma se desprendió de sus alas.
- ¡SERAFIN!
- ¡Ni hablar! ¡No me da la gana! ¡Y usted, vieja estúpida, no puede obligarme! -gritó con una mueca de burla.
La profesora no podía dar crédito a lo que oía.
- ¡Serafín! -dijo con firmeza- ¡Quítate la cazadora!
Serafín carraspeó nerviosamente.
-No -dijo.
Serafín, querido, quítate la cazadora -dijo la profesora, al tiempo que dirigía una tierna sonrisa a su alumno predilecto.
Pero cuando entregó los deberes (a su tiempo debido, como de costumbre), sintió que sus alas crecían y largas plumas blancas se asomaban por debajo de su cazadora. Sólo había una solución para no convertirse en un ángel: hacer algo realmente malo, cuanto más malo, mejor.
Se puso la cazadora para disimular las alas y estiró bien la capucha para esconder la aureola.
No quiero ser un ángel”, pensaba. “Pareceré una niña paseándome por ahí con un vestidito blanco. Ahora ya no me quieren mucho. Cuando me haya convertido en un ángel con alas y todo, nadie me dirigirá la palabra.”
¡Pobre Serafín! Las alas abultaban debajo del jersey y la aureola le producía dolores de cabeza.
La cosa fue a peor. Mientras se lavaba los dientes (cepillando de arriba abajo, naturalmente, no hacia los lados) una luz deslumbrante centelleó sobre su cabeza y tomó la forma de una aureola. Serafín se estaba convirtiendo en un ángel.
Aquella noche no consiguió dormir más que acostado boca abajo y a la mañana siguiente su pijama le resultaba demasiado estrecho. Se miró de nuevo en el espejo y vio que le habían crecido ¡dos pequeñas alas!
A la hora de acostarse, dio las buenas noches a su madre y a su padre y se dirigió a su habitación. Mientras se ponía el pijama, vio sus hombros reflejados en el espejo. ¡Tenía dos grandes bultos rojos!