Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:
Sudí y el tigre
Había una vez un pequeño indio llamado Sudi, a quien le encantaba gruñir a los tigres.
•1917: en Fátima (Portugal), tres niños pastores afirman que se les ha aparecido la Virgen de Fátima.
Aclaremos, cuenka, que este barrio del Castillo pertenece a Cuenca capital, más que nada para no confundir al personal. Besos, guapa
Hola Milagros, que mas te puede dar de donde sean las fotos.
Lo importante creo, es aumentar el número de ellas.
Un saludo guapa. rs
Ah! y la gente no se confunde, de sobra saben que no es su pueblo.
En cuanto a mí, todavía no he salido de mi asombro al verme de nuevo aquí en Bagdad, sano y salvo. ¡Y todavía más rico que antes!
¡Era mi barco! El capitán seguía buscando a los supervivientes del episodio de la ballena. El hombre se quedó estupefacto al verme asomar la cabeza por el barril de cerveza, ¡y más estupefacto todavía al verme cubierto de oro!
La corriente volvió a impulsarme mar adentro, donde permanecí flotando a la deriva por espacio de tres noches y tres días. Me hallába dormido cuando, de improviso, el barril chocó con el costado de un barco y escuché una voz que sonaba sobre mí.
Todas las serpientes, una por una, intentaron devorarme, pero ninguna consiguió tragarse el barril. Al fin, se alejaron reptando por entre bancos de arena hacia la orilla de la Tierra de las Serpientes Marinas.
El barril empezó a girar mientras las serpientes nadaban alrededor del mismo. Una de ellas cerró sus fauces en tomo al barril, mas éste era demasiado grande y no consiguió engullirlo. Acabó por escupirlo y se alejó, silbando enfurecida.
Desesperado, vacié el barril lleno de fruta y me metí dentro. Allí permanecí encogido como la yema en un huevo de madera.
Al llegar a la orilla, me precipité aterrado sobre mi balsa y me dirigí mar adentro remando furiosamente. ¡Pero las serpientes marinas emprendieron mi persecución a través del agua! Sus escamosos e irisados cuerpos llegaron a circundarme. Luego, abrieron sus bocas y comenzaron a devorar la balsa como si se tratara de simples ramitas. De sus temibles fauces brotaba veneno.
Seis, siete, hasta ocho serpientes inmensas se deslizaron por la playa, luciendo al sol sus afiladas lenguas.
Entonces oí un penetrante silbido. Levanté la mirada y vi que los árboles de un extremo de la playa comenzaban a moverse. De repente, una enorme cabeza, listada y reluciente, se alzó por encima de los árboles más altos y unos brillantes ojos se clavaron en mí sin parpadear.
Pronto reuní la madera suficiente para construir una pequeña balsa, que amarré con largas tiras de mi turbante. Llené el barril de fruta para la larga travesía que me aguardaba, lo coloqué sobre la balsa y llené mis holgados pantalones con polvo de oro; apenas si podía mover las piernas.
Entonces pude comprobar cuántas riquezas yacían a mi alrededor. En lugar de arena, unas dunas de oro se amontonaban a lo largo de la playa. “Construiré una balsa”, me dije, “y me llevaré a Bagdad todo el oro que pueda”.
Mi barril alcanzó la costa y yo bajé a ella. Un riachuelo de agua dulce llegaba a la playa procedente de un manantial entre los árboles y arbustos. Y en él flotaban fruta fresca, sabrosos melocotones y jugosas bayas. Elevando una oración de gratitud, apagué la sed y sacié mi hambre.
— ¡He dado con mi fortuna o mi muerte! —exclamé—. Esta es seguramente la Tierra de las Serpientes Marinas, donde pepitas de oro adornan la playa, guardada por monstruosas serpientes que devoran a los marineros.
Al aproximarme, la sorpresa y el terror hicieron que mi corazón se pusiera a latir violentamente.
Durante toda la noche los peces jugaron a mordisquear mis pies. Cuando comenzó a clarear, apareció en el horizonte una pequeña isla, como una nube verde. La miré esperanzado y me dirigí hacia ella moviendo fatigosamente los pies y las manos.
Mas el barco hacía mucho que se había alejado y yo flotaba a la deriva, solo, a cientos de millas de mi casa.
Exhausto, permanecí flotando en la superficie del océano, pidiendo socorro.
Algunos marineros consiguieron alcanzar nadando el barco. Otros fueron arrastrados hasta el fondo por el remolino de la corriente. Yo me debatía en el agua, rezando para salvar mi vida, cuando el barril de cerveza vacío apareció flotando junto a mí y me abracé a él.
El temor me heló la sangre y me encogió el corazón cuando el monstruo alzó
su poderosa cola y batió con ella las olas hasta reducirlas a blanca espuma. ¡Iba a sumergirse!
Y yo, Simbad, me hallaba de pie sobre su inmensa cabeza mientras el cetáceo exhalaba aliento a través de su enorme espiráculo.
La hoguera encendida por los marineros había chamuscado su espalda y se había despertado enfurecida.
¡En un terrible y escalofriante momento comprendí la realidad! ¡No nos encontrábamos en una isla, sino sobre el dorso de una ballena gigante! Se había quedado dormida en medio del ancho y silencioso océano, reuniendo sobre su dorso los crustáceos, algas marinas y hierbas de los siete mares.
¡El fuego ha despertado a una ballena!
—Debo soltar amarras… ¡Una ballena!
El capitán volvió a dar voces, mas yo apenas lograba entender lo que decía.
Súbitamente, de un hoyo que había junto a mis pies brotó un chorro de agua. Era como un inmenso surtidor que surgía de la tierra y que me caló hasta los huesos.
Yo dirigí la vista al mar, mas no vi señal de ballena alguna. El capitán empezó a soltar amarras. Los marineros gritaban y corrían hacia el barco. ¿Era posible que el capitán nos abandonara en aquella isla gris?
— ¡Una ballena! ¡Una ballena gigantesca! ¡Subid a bordo!
De pronto, los pájaros que estaban posados sobre las verdes algas y los crustáceos levantaron el vuelo chillando. Toda la isla pareció estremecerse como por los efectos de un terremoto, y caí de rodillas. La voz del capitán apenas se podía oír debido al estrépito provocado por las gaviotas:
Pero como yo me considero un buen musulmán y jamás tomo bebidas alcohólicas, dejé a los marineros bebiendo cerveza y fui a dar un paseo por la playa. Me sorprendió comprobar que no se trataba de una playa de arena, sino que era al mismo tiempo suave y dura al tacto. Flotaba en el ambiente un penetrante olor a pescado.
Todos, excepción hecha del capitán, bajamos a la playa y nos dispusimos a encender una hoguera con madera que flotaba a la deriva. Luego ensartamos unos tiernos pedazos de carne en unas varillas de hierro y los asamos sobre el fuego.
El capitán accedió y atracamos frente a la isla.
— ¿Podemos llevarnos a tierra un barril de cerveza, mi capitán? —preguntó un marinero.
El capitán decidió poner rumbo a la isla, que casi parecía moverse mientras se recortaba refulgente sobre el cielo. Sus acantilados eran grises, pero las bajas colinas tierra adentro aparecían verdes y acogedoras, con bandadas de pájaros que volaban trazando círculos en el cielo.
—No importa —contesté— Al menos, podremos bajar a tierra y correr.
—No la encuentro en ninguno de mis mapas —dijo el capitán.
El barco era pequeño y el sol calentaba mucho, y los tripulantes no tardaron en sentirse fatigados y de mal humor. Así que cuando el vigía divisó una pequeña isla en el horizonte, nos pusimos todos a dar vítores y a escudriñar la lejanía.
Después de mis aventuras en el Valle de los Diamantes, había amasado tal fortuna que pensé que nunca más volvería a marcharme de Bagdad. Pero muy pronto empecé a echar de menos el mar, así que decidí ir a Basora y zarpar en un barco extranjero en busca de más aventuras.
Simbad y las islas maravillosas
Yo soy Simbad, el mercader de Bagdad. Tal vez me recordéis. Mis viajes me han llevado a afrontar toda clase de peligros. Pero, ¿os he hablado de aquella vez que atracamos junto a…? No, creo que no. Pues bien, voy a contároslo.
Cuando terminó de hablar, el anciano le pidió a Simbad el Cargador que aceptara quedarse a vivir con él. El joven Simbad aceptó encantado, y ya nunca más, tuvo que soportar el peso de ningún fardo…
“Regresé a Bagdag y ya no he vuelto a embarcarme -continuó hablando el anciano-. Como verás, han sido muchos los avatares de mi vida. Y si ahora gozo de todos los placeres, también antes he conocido todos los padecimientos.”
S imbad así lo comprendió y, presentándose ante su amo, le explicó dónde podría encontrar gran número de colmillos. En agradecimiento, el mercader le concedió la libertad y le hizo muchos y valiosos regalos.
El anciano Simbad le contó que, en el último de sus viajes, había sido vendido como esclavo a un traficante de marfil. Su misión consistía en cazar elefantes. Un día, huyendo de un elefante furioso, Simbad se subió a un árbol. El elefante agarró el tronco con su poderosa trompa y sacudió el árbol de tal modo que Simbad fue a caer sobre el lomo del animal. Éste le condujo entonces hasta un cementerio de elefantes; allí había marfil suficiente como para no tener que matar más elefantes.
Y así, día tras día, Simbad el Marino fue narrando las fantásticas aventuras de sus viajes, tras lo cual ofrecía siempre 100 monedas de oro a Simbad el Cargador. De este modo el muchacho supo de cómo el afán de aventuras de Simbad el Marino le había llevado muchas veces a enriquecerse, para luego perder de nuevo su fortuna.
“Inicié un nuevo viaje, pero por obra del destino mi barco volvió a naufragar. Esta vez fuimos a dar a una isla llena de antropófagos. Me ofrecieron a la hija del rey, con quien me casé, pero al poco tiempo ésta murió. Había una costumbre en el reino: que el marido debía ser enterrado con la esposa. Por suerte, en el último momento, logré escaparme y regresé a Bagdag cargado de joyas…”
Y con estas palabras Simbad el Marino entregó al joven 100 piezas de oro.
De vuelta a Bagdag, el aburrimiento volvió a hacer presa en mí. Pero esto te lo contaré mañana…”