Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:
Pepe estaba tan emocionado que no sabía cómo darle las gracias. Salió y le colocó la brida a Tamboril.
Era de tu bisabuelo, de mi padre -le explicó-. Tenía cuarenta caballos, y esta brida era la de su preferido. Cuídala bien, ¿me oyes? Trátala como se merece y te traerá suerte.
Sacó un paquete de un viejo baúl y, desenvolviéndolo lentamente, le mostró la brida más bonita que jamás había visto.
- ¡Pepe! -gritó su abuela desde la puerta del carro-. ¡Ven aquí! Tengo que enseñarte una cosa.
Tras decirle esto, se marchó.
-Si es así, deberías llevarlo a la comisaría. Los policías sabrán qué -Ya puedes olvidarte de eso -le recomendó su padre-. Aquí no hay sitio para caballos.
- ¿Qué hace aquí este caballo? -gritó- Llévatelo en seguida. Sabes muy bien que está prohibido robar caballos.
Mientras lo acariciaba, apareció su padre.
Pepe se sentó junto a Tamboril para ver cómo se recuperaba.
-No tardará mucho en sentirse bien -dijo la vieja gitana.
Le dio un poco al animal, que sintió como un fuego le calentaba las entrañas, y lo hizo acostarse en un montón de trapos, cubriéndolo con mantas viejas.
El campamento gitano se encontraba muy cerca de la carretera principal. Estaba lleno de coches y camiones en mal estado, y entre ellos sobresalía, como una flor brillante, un carro de madera pintada. Pepe se acercó a la puerta y la golpeó con los nudillos. Abrió su abuela.
Y echó a andar, llevándose a Tamboril con él.
-Pobrecito -dijo Pepe- Será mejor que te lleve a casa, a ver a la abuela.
El caballito sintió que estaba a salvo con el niño. Pero tenía mucho frío.
-Quieto, quieto -susurró, acariciando a Tamboril- Vamos a ser buenos amigos.
Aún estaba allí cuando Pepe Heredia pasó rumbo a la escuela al día siguiente. Pepe era un gitanillo que tenía el cabello negro y rizado y unos ojos negros muy brillantes. Lo que más le gustaba en el mundo eran los caballos. Su padre ya no se dedicaba a criarlos, pero Pepe llevaba en la sangre un gran amor por estos animales.
Al principio. Tamboril sólo pensaba en huir lo más lejos posible de la caja, y corrió como un rayo por la carretera. Luego aflojó el paso y empezó a trotar. Se sentía solo, tenía miedo y echaba de menos el establo caliente. Buscó refugio junto a un seto y se echó a dormir.
Se fueron y dejaron al caballo perdido en la noche.
La caja en que iba encerrado empezó a balancearse peligrosamente y Andrés tuvo que detenerse al borde del camino.. Cuando abrió la puerta para tranquilizarlo, Tamboril dio un salto y salió al galope, perdiéndose en la oscuridad.
Tamboril y el Gitano
Una tarde, el caballo Tamboril viajaba rumbo a su nuevo hogar. Andrés y Maite Vegas acababan de comprarlo y lo llevaban a los establos que tenían en Cañameras.
Después de eso, salían a pasear juntos con frecuencia y de vez en cuando se gruñían el uno al otro.
—Eres un buen chico —dijo, le lamió.
El tigre ronroneó, amigable.
—Mucho más feroces.
— ¿Y los osos?
— ¡Oh, sí! —contestó Sudi.
— ¿Crees que los tigres somos más feroces que los leones?.
Entonces le pregunto:
El tigre estaba encantado, y le gustaba que Sudi le respetara por ser también el un animal muy valiente
—Después de todo —siguió Sudi— los tigres son los animales más feroces del mundo y el que les gruñe es porque es valiente.
— ¡Claro que te entiendo! —exclamó el tigre.
—Bueno —dijo Sudi—, en realidad, porque soy tímido. Y si les gruño a los tigres me siento mejor. No sé si me entiendes.
— ¿Por qué les gruñes a los tigres? —preguntó.
Al día siguiente, cuando pasó Sudi, lo detuvo.
“ ¿De qué huyo?” —pensó—. “Si he sido yo mismo. ¡Vaya, este chico me ha trastornado! ¿Por qué les gruñirá a los tigres?”
Entonces fue a beber al estanque. Cuando terminó, miró su reflejo en el agua. Era un hermoso tigre amarillo y cobrizo, con rayas negras y una cola muy larga. Gruñó otra vez, tan fuerte que llegó a asustarse a sí mismo. Salió corriendo. Al fin se detuvo.
El tigre no pudo soportarlo y se alejó a afilar sus garras. Movía la cola y entre gruñido y gruñido repetía: — ¡Soy un tigre! T -1 – G – R – E.
Así que al día siguiente, al ver acercarse a Sudi, saltó de detrás de un árbol y gruñó más fuerte que nunca. —Grrr… Grrrrrr…
En cuanto apareció Sudi, el tigre saltó y gruñó: —Grr… Grrrr…. Y Sudi le contestó: —Grrrr…. Grrr… ¡EI tigre estaba enfadadísimo! “ ¿Qué se cree que soy?” —pensó— “ ¿Una ardilla? ¿Un conejo? ¿Un ratón?”
Pero a Sudi no le importaba y un día que su madre salió, fue a dar un paseo a ver si encontraba un tigre para gruñirle.
—Ten cuidado —le dijo su madre—. A los tigres no les gusta que les gruñan.