Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

“-Una vez –contaba el barón de Münchhausen-, tuve que ir a Rusia. Sabéis que me encanta cabalgar y que ni el calor ni el frío, ni la lluvia ni la tormenta me asustan. Por ello decidí ir a caballo. En determinado momento se puso a nevar y la nieve era tan espesa que no se veía nada. Caía la noche y no paraba de nevar. No podía encontrar ni un pueblo ni una casa para pasar la noche. Pero mi ánimo no decayó por eso. Me apeé del caballo, lo até a una pequeña cruz que asomaba por encima de la nieve, me ... (ver texto completo)
EL BARÓN DE MÜNCHHAUSEN VA A RUSIA

Cuando el barón de Münchhausen contaba las anécdotas de su vida, la gente, después de escucharlo con la boca abierta, se quedaba perpleja. ¿Eran verdaderas o inventadas aquellas anécdotas? Juzgad por vosotros mismos.
Feliz Puente o Acueducto.
Nos leemos, rs
Cuento completo de Hans Christian Andersen

LOS CAMPEONES DE SALTO

La pulga, el saltamontes y el huesecillo saltarín apostaron una vez a quién saltaba más alto, e invitaron a cuantos quisieran presenciar aquel campeonato. Hay que convenir que se trataba de tres grandes saltadores. – ¡Daré mi hija al que salte más alto! -dijo el Rey-, pues sería muy triste que las personas tuviesen que saltar de balde. Presentóse primero la pulga. Era bien educada y empezó saludando a diestro y a siniestro, pues por sus venas corría sangre de señorita, y estaba acostumbrada a no alternar más que con personas, y esto siempre se conoce. Vino en segundo término el saltamontes. Sin duda era bastante más pesadote que la pulga, pero sus maneras eran también irreprochables; vestía el uniforme verde con el que había nacido. Afirmó, además, que tenía en Egipto una familia de abolengo, y que era muy estimado en el país. Lo habían cazado en el campo y metido en una casa de cartulina de tres pisos, hecha de naipes de color, con las estampas por dentro. Las puertas y ventanas habían sido cortadas en el cuerpo de la dama de corazones. – Sé cantar tan bien -dijo-, que dieciséis grillos indígenas que vienen cantando desde su infancia – a pesar de lo cual no han logrado aún tener una casa de naipes -, se han pasmado tanto al oírme, que se han vuelto aún más delgados de lo que eran antes. Como se ve, tanto la pulga como el saltamontes se presentaron en toda forma, dando cuenta de quiénes eran, y manifestando que esperaban casarse con la princesa. El huesecillo saltarín no dijo esta boca es mía; pero se rumoreaba que era de tanto pensar, y el perro de la Corte sólo tuvo que husmearlo, para atestiguar que venía de buena familia. El viejo consejero, que había recibido tres condecoraciones por su mutismo, aseguró que el huesecillo poseía el don de profecía; por su dorso podía vaticinarse si el invierno sería suave o riguroso, cosa que no puede leerse en la espalda del que escribe el calendario. – De momento, yo no digo nada -manifestó el viejo Rey-. Me quedo a ver venir y guardo mi opinión para el instante oportuno. Había llegado la hora de saltar. La pulga saltó tan alto, que nadie pudo verla, y los demás sostuvieron que no había saltado, lo cual estuvo muy mal. El saltamontes llegó a la mitad de la altura alcanzada por la pulga, pero como casi dio en la cara del Rey, éste dijo que era un asco. El huesecillo permaneció largo rato callado, reflexionando; al fin ya pensaban los espectadores que no sabía saltar. – ¡Mientras no se haya mareado! -dijo el perro, volviendo a husmearlo. ¡Rutch!, el hueso pegó un brinco de lado y fue a parar al regazo de la princesa, que estaba sentada en un escabel de oro. Entonces dijo el Rey: – El salto más alto es el que alcanza a mi hija, pues ahí está la finura; mas para ello hay que tener cabeza, y el huesecillo ha demostrado que la tiene. A eso llamo yo talento. Y le fue otorgada la mano de la princesa. – ¡Pero si fui yo quien saltó más alto! -protestó la pulga-. ¡Bah, qué importa! ¡Que se quede con el hueso! Yo salté más alto que los otros, pero en este mundo hay que ser corpulento, además, para que os vean. Y se marchó a alistarse en el ejército de un país extranjero, donde perdió la vida, según dicen. El saltamontes se instaló en el ribazo y se puso a reflexionar sobre las cosas del mundo; y dijo a su vez: – ¡Hay que ser corpulento, hay que ser corpulento! Luego entonó su triste canción, por la cual conocemos la historia. Sin embargo, yo no la tengo por segura del todo, aunque la hayan puesto en letras de molde. ... (ver texto completo)
El cierre del cuento encierra una moraleja muy buena, pues el autor intenta también, dar su propuesta de ganador. Para él todos los son, en la medida de que disfruten de sus habilidades. Esa es una buena postura para adoptar en el futuro. No todo se trata de competir y ganarle a otros. Más bien se trata de vencer nuestras propias limitaciones.
Otro árbitro que intervino fue el viejo mojón del bosque. En su papel de jefe de los árbitros de la competencia, dijo que su criterio se basaba en el orden alfabético de los nombres de los competidores. Este criterio es tan absurdo como obsoleto, pues la calidad de nadie se puede medir por su nombre, sino por su talento.
Pero no se crean que son solo los participantes quienes tienen criterios contradictorios, injustos y hasta egoístas. También los jurados tienen su subjetividad y comenten errores. O mejor dicho, arbitran según sus criterios personales. Este fue el caso del burro, quien pensaba que el ganador debía ser aquel que mayor peso llevara encima. Siendo el burro un cuadrúpedo tan pesado, es lógico que lo dijo desde su punto de visto. Además, el burro habló de la belleza de los competidores y cuán importante era este aspecto para validarlos como competidores. ... (ver texto completo)
Por ejemplo, la liebre creía ser la más rápida porque ella alcanzaba una velocidad muy grande al correr entre los árboles. La babosa, que también quería sobresalir, alegó que era ella la ganadora porque había invertido casi todo su tiempo en llegar a la meta. Su tesón era más importante que la rapidez de la liebre. Por otro lado, la golondrina, con su vuelo nervioso, intervino en el arbitraje argumentando que ella era la más rápida volando entre las nubes.
En el cuento que nos ocupa los animales del bosque discutían sobre quién de ellos merecía el primer y el segundo premio por ser los animales más veloces. Ellos no competían en una carrera puntual, sino que el premio se daba por el desempeño de todo un año. Como les decía, las fábulas tratan, en realidad, sobre los hombres. ¿Cuántas veces hemos estado ante este tipo de situaciones, donde debemos ser evaluados por un periodo de tiempo muy largo? Casi siempre este tipo de situaciones genera tensión ... (ver texto completo)
Para hablar sobre el deseo insaciable de algunos, Hans Christian Andersen se valió de una fábula. Las fábulas son aquellas narraciones que cuentan con animales en los papeles protagónicos. Estos tienen características muy parecidas a las de los hombres, sobre todo de carácter. Casi siempre sus problemas o conflictos se asemejan a las de los seres humanos.
A pesar de que Hans Christian Andersen escribió cuentos para niños, sus obras cuentan con una significación que perfectamente puede hacer pensar a los adultos. Será por eso que aun hoy, varios siglos después de la publicación de El patito feo, La sirenita o Los corredores, dichos textos siguen estando en la preferencia de muchos. Es por ello que son considerados como clásicos de la literatura mundial, no solo danesa.
Vencer a uno mismo

Para muchos la vida es una carrera sin fin. Pero, ¿para llegar a dónde? Esa es la pregunta que pocos se hace y mucho menos se responden. Tal vez sobre este tema quiso hablar el afamado escritor danés Hans Christian Andersen, quien tuvo que afrontar no pocos obstáculos en su vida. Una familia pobre, una madre alcohólica, la muerte temprana de su padre, una homosexualidad reprimida e innumerables desencantos amorosos marcaron su vida y, por supuesto, su literatura.
Dos Ojitos, al ver el arrepentimiento de sus hermanas, las perdonó y las acogió en el castillo, donde todos vivieron felices y en plena armonía.
Dos Ojitos vivía feliz y en paz hasta que llegaron cierto día al castillo dos pobres mujeres pidiendo limosna. Dos Ojitos las reconoció al instante: eran sus hermanas, las cuales, a la muerte de su madre, habían caído en tal estado de miseria que tuvieron que pedir la caridad por todo el reino.
Al poco tiempo, como el joven caballero se había prendado de ella, se casaron y, para celebrar el feliz acontecimiento, se organizaron grandes y alegres festejos.
El caballero subío a Dos Ojitos a la grupa del su corcel, y sin despedirse ni de su madre, ni de sus hermanas la llevó al castillo de su padre, el rey. Éste dio órdenes para que vistieran a la joven con regios vestidos y le dieran toda la comida y bebida que quisiera.
- ¡Oh! – respondió Dos Ojitos-. Padezco de hambre y de sed, de pena y de ansiedad desde que nace el día hasta que muere el sol. Lo que más te agradecería es que me libraras de esta terrible situación. Sólo así podría ser feliz.
-Muchas gracias – dijo el hombre-. Dime qué es lo que quieres a cambio.
Entonces, Dos Ojitos se ofreció a complacer al caballero y, en efecto, sacó una ramita cargada con frutos de oro.
- ¡Esto sí es estupendo! – comentó el caballero-. El árbol os pertenece y no podéis tomar nada de él.
Un Ojito y Tres Ojitos, por más que se esforzaron, no pudieron atender la petición del caballero porque las ramas se les escapaban de las manos.
- ¿A quén pertenece este árbol tan precioso? Daría cuanto me pidieran por una ramita – dijo.
Cierto día, se acercó a la casa un caballero montado en brioso caballo blanco que se detuvo a admirar el árbol maravilloso.
Insistió tanto que no tuvieron más remedio que dejarla subir. Entonces vieron con sorpresa que las manzanas se dejaron caer por sí solas en manos de Dos Ojitos, y a los pocos instantes ésta tuvo su delantal lleno de frutos.
– Si me dejáis probar a mí, quizá lo consiga.
Entonces, Dos Ojitos dijo tímidamente:
La madre le dijo a Un Ojito que subiese al árbol y se apoderase de algunos frutos; pero la rama se le escapó de las manos y se disparó como una fecha. Lo intentó también Tres Ojitos y a esta le sucedió lo mismo.
Desapareció el hda y Dos Ojitos regresó corriendo a casa, sacó el corazón de la cabrita y lo enterró al pie de la puerta. A la mañana siguiente todos quedaron atónitos al ver delante de la casa un árbol maravilloso, con hojas de plata y frutos de oro.
-Saca el corazón de la cabrita, entiérralo ante la puerta de la casa, y verás como te trae suerte.
- ¿Cómo no he de llorar – respondió la niña-, si mi madre mató a la cabrita y ahora sufro hambre y sed?
- ¿Por qué lloras, Dos Ojitos?
Dos Ojitos se apenó con la muerte de la cabrita y se puso a llorar. El hada volvió a aparecer y le preguntó:
La madre, entonces, tomando un cuchillo, atravesó el corazón de la cabrita, que cayó muerta sin poder decir siquiera”bee”.
– Ya sé por qué esta orgullosa no quiere comer. Cuando está en el prado le dice a la cabrita.”Cabrita, bala; mesita, ponte” y enseguida aparece una mesita bien servida; y cuando ha terminado de comer, dice:”Cabrita, bala; mesita, levántate”, y la mesita desaparece.
Cuando volvieron a casa, Dos Ojitos no miró siquiera las sobras del cuenco de barro. Entonces, Tres Ojitos le dijo a su madre:
Pero en vez de decir:”Ya te duermes, Tres Ojitos”, se equivocó y dijo:”Ya te duermes Dos Ojitos”, con lo que sólo dos de los tres ojos de su hermana se cerraron, permaneciendo despierto el que tenía en medio de la frente. Sin embargo, Tres Ojitos lo cerró también, haciendo creer a su hermana que estaba dormida del todo. De esta forma Tres Ojitos descubrió el secreto de la mesita mágica.
Se sentó Tres Ojitos y Dos Ojitos le cantó.
-Siéntate aquí a mi lado, Tres Ojitos, que te voy a cantar una canción.
Fueron las dos niñas con la cabrita y, al llegar a la pradera, Dos Ojitos le dijo a su hermanita:
-Hoy irás tú, y vigila bien, pues no hay duda de que debe de comer en alguna parte.
Al otro día, la madre dijo a Tres Ojitos:
Cuando estuvieron de vuelta, Dos Ojitos dejó de nuevo sin tocar la sobras que había en su cuenco de barro. Un Ojito no pudo explicar a qué se debía aquello, pues había estado dormida mientras Dos Ojitos comía en la pradera.
– Vaya, Un Ojito, te has quedado profundamente dormida. Volvamos a casa, que se ha hecho muy tarde.
Una vez desaparecida la mesita, la chica despertó a su hermanita y le dijo:
Un Ojito, que se hallaba rendida por el largo paseo, se sentó y entonces Dos Ojitos se puso a cantarle. Un Ojito se quedó dormida y Dos Ojitos, pronunciando las palabras mágicas, se sentó a la mesita y comió y bebió hasta quedar saciada.
– Ven, siéntate a mi lado, que te voy a cantar una canción.
Al día siguiente, Un Ojito se fue con Dos Ojitos y con la cabrita a la pradera; pero se dio cuenta de las intenciones de aquélla, y al llegar adonde solía descansar le dijo:
Cuando volvió por la noche a casa con su cabrita, se encontró con un cuenco de barro en el que estaban las sobras que le habían dejado sus hermanas; pero ni siquiera lo tocó. Al día siguiente volvió a salir como de costumbre y no comió tampoco las sobras de las comidas. Esta vez, sus hermanas notaron que Dos Ojitos no tocaba los alimentos y se dijeron: “Aquí pasa algo. Seguramente Dos Ojitos come en otra parte y será necesario vigilarla”.
Dicho esto, el hada se desvaneció. Sin pérdida de tiempo, Dos Ojitos, que ya no podía resistir más el hambre, pronunció las palabras mágicas, y al instante apareció ante ella una mesita servida. Dos Ojitos se puso a comer hasta quedar satisfecha. Luego dijo las palabras complementarias y la mesita desapareció.
“Cabrita, bala; mesita levántate”, y la mesita desaparecerá.