Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

La determinación parecía tan firme, su apostura era tan regia, que el joven Tam acabó por ceder, e incluso llegó a recuperar un atisbo de confianza en la posibilidad de salir de allí.
-Confiad en mí, Tam. Una corazonada me dice que nuestro encuentro no ha sido fortuito. Decidme, por lo que más queráis, cuál es esa esperanza de la que habláis, y no me ocultéis nada como me parece que hacéis, quizá pensando que de esa forma me protegéis. Antes al contrario, si no os puedo ayudar, permaneceré aquí hasta que lleguen ellos, y, oídme bien, estoy dispuesta incluso a convencer a la mismísima Reina de los Elfos de que os libere. Así que, ¡hablad presto, Sire!
El joven se levantó con gesto decidido, pero Juana le cogió de la mano y le obligó a seguir sentado junto a ella.
-Dentro de una horas, Milady, los Elfos, encabezados por su Reina, organizarán una cabalgata para ir a celebrar la Fiesta del Solsticio. Si antes de que amanezca sigo con ellos, estaré definitivamente condenado, sometido a ellos de por vida. Sólo hay una posibilidad, pero es tan pequeña que no merece la pena que os apesadumbre más con mis cuitas, mi Señora, por favor, acompañadme, salgamos de aquí, antes de que caiga la noche.
El sol que antes iluminaba el claro se había ido apagando. La luz era ahora rojiza. Las flores se habían cerrado sobre sí mismas, esperando la noche.
-Milady, vivo aquí escondido desde muy niño. Soy hijo único y ya he perdido toda mi esperanza de volver a ver con vida a mi padre ni a mi madre. Cuando cumplí doce años insistí para que me dejaran participar en una cacería, a pesar de la oposición inicial de mi padre. Lo logré y a duras penas aguanté unos minutos con el grupo a caballo. Mi inexperiencia, unida a mi arrogancia, me llevaron a perderme por el bosque montado en mi cabalgadura. Oscurecía, se levantaba el fuerte viento del norte, no notaba ... (ver texto completo)
El joven la miró, se acercó a ella y la tomó de la mano, haciendo un gesto para acomodarse juntos sobre la hierba.
-Por favor, Sire, decidme qué es necesario para ello, ¿necesitáis riquezas con las que comprar vuestra libertad? ¿armas acaso? ¡Decídmelo presto y haré que os lo consigan!
Mi Señora... eso no es posible, los Elfos, mis amos, nunca lo consentirían. Estoy condenado a permanecer aquí siempre, salvo que ocurriera algo muy especial que ni soñar puedo.
-No sólo la acepto, Sire, sino que me agradaría gozar de vuestro acompañamiento por más tiempo, y desearía que aceptarais la hospitalidad del rey y la mía propia, y vinierais a alojaros al castillo.
-Perdonadme a mí, por mi brusquedad...-dijo entonces el hombre, mostrando un pesar real, desarmado ante la sencillez de la dama, y deslumbrado por su belleza- Mi nombre es Tam, y mi trabajo es alejar a los humanos de este bosque, pues soy un Vigilante de los Elfos. Yo debería ahora dar el aviso y apresaros para someteros a su voluntad, mas no temáis, bella dama, que no lo haré. Antes bien, os acompañaré hasta los lindes de Carterbaugh, si aceptáis mi humilde compañía.
-Mis excusas, entonces, por mi ignorancia. Apenas he salido más allá de los límites de la muralla de mi castillo y no conozco las antiguas costumbres más que lo que cuentan las comadres junto al fuego. Si os he molestado...- y terminó inclinando la cabeza.
El joven contestó con arrogancia y con una pizca de furor contenido. Pero todo su aplomo se vino abajo cuando la princesa siguió diciendo:
-Milady, estos dominios son libres, y por ser libres, pertenecen en exclusiva a los Elfos. Que yo sepa, nadie os ha dado permiso para arrancar esas flores, por muy hija de rey que os consideréis.
- ¿Y quién me lo ordena, señor? ¿Quién osa a decirle lo que tiene que hacer la hija del rey en sus dominios?
De un árbol se descolgó un joven, que fue a parar delante mismo de ella. La princesa se puso rápidamente en pie, tratando de recuperar por todos los medios la dignidad perdida.
-Siento deciros que debéis abandonar este lugar cuanto antes, Milady.
La princesa Juana se dio cuenta de que se hallaba en el interior de un bosque cuando empezaron a escocerle los arañazos de sus manos y de su rostro. De repente, el sol que lucía al salir del castillo había desaparecido bajo la sombra de los imponentes árboles y de sus apretadas copas. No había sendero para sus pies doloridos, ni banco para reposar, pero nada de eso importaba: la libertad era la libertad. Entrevió un rayo dorado que hendía la húmeda atmósfera entre los troncos grises y las enmarañadas ... (ver texto completo)
Vigilante de los Elfos
La princesa Juana vivía en su castillo cercano a los bosques de Carterbaugh, pero el celo de su padre el rey la obligaba a sufrir una clausura más propia de monjas que de muchachas de su edad. Por eso, el día que halló unas piedras derrumbadas en la vieja tapia que rodeaba el huerto no se lo pensó dos veces, se arremangó las faldas y pasó por la oquedad hacia el horizonte verde poblado de árboles que se extendía ante ella. Corrió durante más de media hora, sin atreverse a ... (ver texto completo)
jejeje, limítrofes pueden ser: el Cerro del Socorro, Cerro de las Antenas y el Cerro de la Merced, pero muyyyyyy limitrofes.
Saludos y buén día.
Y así acaba la historia; y nunca más se ha vuelto a ver a aquel pececito de oro. Y dicen que ha perdido la confianza en los hombres y está escondido en el fondo del mar.
Cuando volvió a casa vio a lo lejos a su mujer a la puerta de su primera casa, la vieja casa, con su vestido viejo y lavando la ropa en el barreño antiguo.
- Mi mujer se ha vuelto loca y quiere ser la reina del mar y que tú seas su criado.
El pececito de oro no le contestó nada y desapareció en el fondo del mar.
- ¡Pececito de oro, buen pececito de oro ponte de cara a mí y de espaldas al mar!.
- ¿Qué quieres de mí?- le preguntó el pececito de oro.
El anciano le explicó con mucha pena:
- ¡Pero mira que eres estúpido! Vuelve de nuevo y ordena al pez de oro que quiero ser la reina del mar y que el pez sea mi criado.
Entonces, el anciano muy triste, se marchó al mar y gritó:
- Vuelve a casa que tu deseo te será concedido.
Cuando el anciano llegó encontró a su mujer en el patio de una hermosa casa con unas ropas muy bonitas y rodeada de criados.
Mi mujer quiere que te pida una casa nueva, porque la nuestra ya es muy vieja y el tejado está a punto de caerse.
El pececito de oro le contestó:
- ¡Pero cómo es que no le has pedido una casa nueva bobo! ¡Es que no ves que la nuestra es muy vieja!.
El anciano no le contestó nada y se marchó al mar, y una vez allí gritó:
- Vuelve a casa que tu deseo te será concedido.
Cuando el anciano llegó a su casa, la mujer que ya le esperaba lavando la ropa en el barreño nuevo, le dijo:
- Mi mujer quiere que te pida un barreño nuevo porque el nuestro es muy viejo y no sirve para nada.
El pez de oro le contestó:
- ¡Pero qué has hecho tonto! ¿Has dejado ir al pez sin pedirle ningún deseo? ¡Le podías haber pedido un barreño nuevo! ¡Es que no ves que el que tenemos está muy viejo!.
El anciano no contestó nada y se marchó al mar, y una vez allí gritó:
Cuando llegó a su casa, su mujer lavaba la ropa en un barreño muy viejo. El anciano le explicó lo que le había pasado en el mar. Su mujer comenzó a refunfuñar y le dijo:
Entonces, el anciano le contestó:
- Te dejo que vivas y no hace falta que me concedas nada.
El anciano dejó al pez de oro en el mar con mucho cuidado y después se marchó hacia su casa.
En aquel momento el pececito comenzó a hablar rogando al pescador:
- ¡Por favor, déjame en el mar! ¡Déjame vivir! Si me dejas ir te concederé todo aquello que me pidas.
Un día el anciano se fue a pescar y hacía muy mala mar. El anciano lanzó su caña de pescar al agua. Esperó un poco y cuando sacó su caña del agua vio que nada más había pescado una piedra. Lanzó de nuevo la caña al mar y cuando la fue a sacar vio que solamente había un pez muy pequeñito. Cuando quiso meter el pez dentro de su barca vio que era un pez muy brillante de color, era un pez de oro.
EL PEZ DE ORO
Había una vez, en un pueblo muy pequeño, un anciano y una anciana que vivían en una casa muy pequeña y muy vieja al lado del mar.
Eran tan pobres, tan pobres que nada más podían comer peces que el anciano pescaba en el mar.
Holaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, despues de tantos días ya no tengo la página bloqueada, jejejje. Espero que dure como las pilas duracel, jejejje
A partir de aquel día Benet y su pueblo no volvieron a sufrir ningún ataque más y vivieron en paz y prosperidad en sus tierras. La roca quedó allí, donde han crecido bosques espesos. Son los que ahora se conocen como los bosques de las Árdenas.
El diablo quedó abatido. Renunció a su proyecto destructor y volvió a la profundidad de las tinieblas, dejando allí la piedra inmensa, que rodó por toda la tierra ocasionando un gran estruendo.
- ¡No puedes imaginar cuanto! – dijo Benet- mire yo vengo de allí y ya he gastado todos estos zapatos.
- ¿Quedan muy lejos las tierras de Benet de Montgarran?
El diablo confundiéndole con un simple viajero le preguntó:
Caminó largas horas hasta que lo encontró, sofocado, muerto de fatiga y con los pies destrozados.
Benet, avisado por un mago de que el diablo venía dispuesto a destruir su castillo y su país, buscó con astucia una solución para evitar el desastre. Al fin la encontró: acumuló todos los zapatos viejos y destrozados que pudo conseguir de su pueblo y vestido con harapos, como si de un pobre viajero se tratase, fue a la búsqueda del diablo.
El diablo fue a buscar una roca inmensa al fondo del mar, que era dos veces más alta que él. Se la cargó a su espalda y partió hacia las tierras de Namur. Caminó dos días y dos noches con la piedra a sus espaldas, viajó desde Portugal a Francia y pronto llegaría al país de Benet.
Al despertar nuevamente el diablo, pensando en la destrucción de las tierras de Benet observó desesperadamente que su plan había fracasado. Su cólera era tan grande que decidió él personalmente acabar con aquella situación de alegría y prosperidad.
Pronto volvió la alegría nuevamente a las tierras de Benet.
Benet veía destruirse la prosperidad de su país, la gente se sentía triste y las tierras cada vez más pobres. Un día los magos buenos del castillo encontraron unos poderes capaces de destruir las bestias enviadas por el diablo.
Estos malvados personajes lanzaron maleficios sobre las cosechas, los lobos asustaron a los habitantes y las bestias feroces devoraban sus animales.
A partir de ese momento, muy enfadado, propuso acabar con lo que había visto. Envió demonios, lobos feroces y todas las bestias malvadas y diabólicas que encontró para destruir las tierras de Benet.