Uno va pensando en sus cosas mientras deambula por la ciudad pero, al llegar a la Plaza de la Virgen, te invade una sensación como de llegar a casa: cuando llegas cansado, estresado, con hambre... Y tu madre te espera con el puchero calentito dispuesta a escucharte y ayudarte. Después miras hacia el atrio de la Basílica y una fuerza que no sé explicaros te absorbe como un imán de aire fresco, con olor a rosas. No puedes evitarlo... Cuando te das cuenta estás frente a la Reina que, como una perla ... (ver texto completo)