Nunca pude soportar los gruñidos del pobre cerdo. Me alejaba todo lo que podía para no oirlo, pero nunca era suficiente.
Pues a mi me pasaba lo mismo, y lo que no soportaba ni bien ni mal era la visión del
agua sanguinolenta de lavar carne corriendo como regatos por las
calles. Yo desaparecía de
casa el día de la
matanza, desde bien pequeña y no probé nada que tuviera que ver con el cerdoc (bueno, el jamón y los cueros, si) hasta los 12 años.! Lo que me perdí!