Dentro de los muros del
palacio, entre las obras de Marcos Molinero, Dimitri Papagueorguiu, Ulises Blanco, Zachrisson y del propio Antonio Ruiz, entre cuadros, grabados y
cerámica, parecía flotar toda la magia del
toro sagrado de la Celtiberia: el Toro Jubilo de la fría
noche medinense, el Toro del
Santo Cristo de Deza, la Barrosa de Abejar, los doce
toros de las doce cuadrillas de
San Juan, y, emergiendo de su letargo de
roca y milenios, los sagrados toros neolíticos de los abrigos de Valonsadero.
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