La lumbre, centro de los quehaceres cotidianos de las mujeres donde sabiamente cocinaban dejando impregnados en nuestro subconsciente esos sabores eternos de recetas ancestrales que solo las madres sabían legar generación tras generación a sus hijas o nietas. Ni cocinas de butano ni eléctricas. Potes y pucheros compartían horas de cocción según destreza del ama de la casa. Cuadras y cochineras eran apéndices de la casa donde “la otra familia”, esa que servía para alimento o llevar el peso del trabajo ... (ver texto completo)