LAS DOCE UVAS DEL CEMENTERIO
Aquel 31 de diciembre de los años setenta era un día gélido, el frío y las chispas de nieve que de vez en cuando se dejaban ver hacia que la gente se tapase hasta las orejas y era buen momento para que en vez de un completo con su copita de coñac, fueran dos (o las que se terciasen) las copas que alegrasen la tarde antes de cambiar el año.
He aquí que en una distendida conversación de amigos en la que se hablaba de lo divino y lo humano, de espíritus y otras apariciones
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No se si será verdad o mentira. Lo que sí se es que mi padre empezó a ir de pequeño, con el suyo, a la
ermita y al
cementerio a las 12 de la
noche de los días de nochebuena y nochevieja.
Yo fui bastantes veces con él era una
tradición también venía mi hermano. La rutina consistía en salir de
casa a las 11:45, el frío hacía que el ritmo del
paseo fuera ligero, llegábamos a la ermita, rezábamos una salve, nos dirigíamos al cementerio y desde la
puerta nos acordábamos de los nuestros y vuelta a casa.
Posteriormente
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