Verdaderamente una joya, cocinaba, asaba, las había con un depósito lateral para calentar
agua y servía de calefacción. Yo me levantaba, cogía la ropa y corriendo a la cocina. Allí me vestía para no pasar frío porque el choque térmico de dentro a fuera de la cama era terrible.
Recuerdo el puchero del
cocido que ponía mi madre cuando iba a la
escuela y, cuando volvía, el fuego lento y el chup chup habían hecho la
comida. Y que decir de aquellas sopas pegadas para cenar. También recuerdo que se ponían
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