A pesar de su dolor, el
pueblo no pudo contener una sonrisa y contestó:
Los duendes nos han causado ya bastantes víctimas. Eres demasiado inteligente y útil para ser enviado a la muerte.
Y sus padres, cuyos corazones se llenaron de tristeza al oírle hablar, dijeron:
- ¡Quédate aquí, querido hijo! Tenemos que soportar a esos duendes igual que soportamos los terremotos y el viento, y considerarlos un castigo divino.
Su novia se colgó de su brazo y susurró:
- ¡No me abandones, Inventor! ¿Qué nos
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