Pero el
joven siguió alegremente su
camino pues no podía oír nada. Las bolas de lana de sus oídos no dejaban penetrar ningún sonido.
Por fin llegó a la cabaña donde vivía Hablalejos, que estaba temblando de miedo.
- ¡Ya te tengo, malvado! - gritó Inventor. Sacó la segunda cuerda y en un momento ató a una mesa a Hablalejos, que no pudo hacer el menor movimiento.
En aquel instante una luz brilló en la lejanía y lo bañó todo con su resplandor. Rápido como una centella, Inventor volvió la cabeza,
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