Aquella noche moría el anciano rey y el mendigo ocupó el trono. Lleno su corazón de rencor por la miseria en que su vida había transcurrido, empezó a oprimir al pueblo, ansioso de riquezas. Y mientras tanto, el verdadero príncipe, tras las verjas del palacio, esperaba que le arrojasen un pedazo de pan.
Contó en la ciudad quién era y le tomaron por loco. Cansado de proclamar inútilmente su identidad, recorrió la ciudad en busca de trabajo. Realizó las faenas más duras, por un miserable jornal.
Si que es casualidad! -dijo el príncipe. Nos parecemos como dos gotas de agua.
-Es cierto -reconoció el mendigo. Pero yo voy vestido de andrajos y tú te cubres de sedas y terciopelo. Sería feliz si pudiera vestir durante un instante la ropa que llevas tú.
Entonces el príncipe, avergonzado de su riqueza, se despojó de su traje, calzado y el collar de la Orden de la Serpiente, cuajado de piedras preciosas.
-Eres exacto a mi -repitió el príncipe, que se había vestido, en tanto, las ropas del mendigo.
EL PRÍNCIPE Y EL MENDIGO

Érase un principito curioso que quiso un día salir a pasear sin escolta. Caminando por un barrio miserable de su ciudad, descubrió a un muchacho de su estatura que era en todo exacto a él.
Pero, por tu honradez, yo te regalo las otras dos. Has preferido la pobreza a la mentira y te mereces el premio.
hierro.
- ¡Oh, gracias, gracias! ¡Esa es la mía!
Hola, estoy interesado en saber algo de Rodrigo Murie Martínez, fuimos compañeros y amigos en el Seminario
en Cuenca en los años 40, y no se nada de él. Alguien me puede dar algún dato. Gracias
Rodrigo Murie falleció hace 3 ó 4 años. Vivió siempre en el pueblo. Era buena persona. Si quieres saber más, me puedes preguntar
-Si alguna vez te encuentras en peligro, piensa en nosotros y correremos en tu ayuda.
El príncipe prometió hacerlo así y, montando a caballo, llegó a una tercera selva. En ella encontró a cuatro faquires cuyo maestro había muerto, dejándoles en herencia cuatro cosas: una cama que trasladaba de un sitio a otro a quien se sentase en ella; una bolsa que proporcionaba a su poseedor todo cuanto le pidiera, joyas, comida o ropas; un vaso de piedra capaz de ofrecer siempre agua a su dueño, por muy lejos ... (ver texto completo)
-Te juro que no le haré ningún daño -aseguró la tigresa-. Sólo deseo conocerle.
El tigre llamó entonces al joven y cuando éste salió de su escondite, la pareja de tigres le saludaron con numerosas demostraciones de afecto. Después le sirvieron una excelente cena. Durante tres días el príncipe permaneció con ellos y cada mañana miraba la herida del tigre. Cuando estuvo completamente cerrada despidióse de sus amigos, quienes le dijeron:
El tigre la vio venir y ocultó al príncipe a fin de que ella no le encontrase.
- ¿Quién te ha herido? -preguntó la tigresa-. ¿Por qué has lanzado ese rugido tan fuerte?
-No me ha herido nadie -replicó el tigre-. El rugido ha sido de alegría porque el hijo de un Rajá me ha quitado la espina que me clavé hace doce años.
- ¿Dónde está ese príncipe? ¡Quiero verlo enseguida!
-Si me prometes no matarlo, le llamaré.
- ¡Oh, no! No te devoraré. Te suplico que me libres de este dolor tan terrible.
El hijo del Rajá sacó un afilado puñal, y con un rápido movimiento, arrancó la espina. Esta se hallaba tan hundida en la pata de la fiera que, al salir hízole lanzar un rugido tan fuerte, que su hembra lo oyó desde donde se encontraba, y temiendo que algo malo le hubiera ocurrido a su pareja corrió a ayudarle.
-Yo te quitaré ese estorbo -prometió el príncipe-. Pero has de prometerme que, cuando te haya curado, no me devorarás.
- ¿Por qué ruges de esa manera? -preguntó el joven príncipe-. ¿Qué te pasa?
-Hace doce años que me clavé una espina en esta pata -contestó el animal-. En todo ese tiempo no ha dejado de dolerme, y por ello me quejo desde que nace el sol hasta que muere.
El hijo del Rajá le dio amablemente las gracias, y montando a caballo, continuó el viaje.
Al cabo de varias horas, salió de la selva para entrar en otra más espesa, y después de cabalgar largo rato por ella, vio a un tigre que rugía de dolor.
-Has sido bueno con nosotras; si alguna vez te encuentras en peligro, piensa en mí y acudiré en tu ayuda.