-No importa -murmuró-. No comeré los dulces. Dejaré que los terminen las hormigas.
Al oír esto, la reina de las hormigas abandonó su pastel y dirigiéndose al príncipe, le dijo:
Al desatar el pañuelo y coger el primer dulce, vio que una hormiga había empezado a comérselo. En el segundo encontró otra hormiga. Dejó los dos pasteles en el suelo y cogió otro, y otro y otro. Fue inútil; todos estaban como los anteriores.
El joven guardó el obsequio de su madre, y conteniendo las lágrimas que pugnaban por brotar de sus ojos, alejóse hacia la ventura.
Al cabo de varias horas de cabalgar a través de una selva virgen, llegó a un estanque bordeado de frondosos árboles. Despojándose de sus vestiduras bañóse en él, y cuando hubo terminado, fue a tenderse a la sombra de uno de los árboles, con la intención de comer alguna de las golosinas que le diera su madre.
Cuando el príncipe había montado ya a caballo, acercóse la Raní, y después de abrazarle estrechamente, le tendió un pañuelo lleno de golosinas, diciéndole:
-Cuando sientas hambre, hijo mío, come dulces de estos.
El Rajá y la Raní, vertieron ardientes lágrimas al despedirse del joven. El padre le dio hermosos vestidos, un magnífico caballo, un arco que lanzaba las flechas más de trescientos metros, y un talego lleno de rupias.
-Es necesario que lo intente. Tal vez Dios se apiade de mí y acceda a mostrarme el camino. Si la encuentro volveré con ella a vosotros; pero si muero no volveré a veros. Adiós, padres queridos.
Al fin, comprendiendo que de aquella manera no podía vivir, salió de sus habitaciones y dirigiese a las de sus padres, a quienes anunció que quería ir a conocer a la princesa Labam.
-Tengo que ir -dijo-. Es necesario que la vea. Decidme dónde se encuentra.
-No lo sabemos, hijo -contestaron a la vez el Rajá y la Raní.
-Entonces iré yo mismo a buscarla, -dijo el príncipe.
-No, no -protestó el padre-. No debes dejarnos. Eres nuestro único hijo. Será mejor para ti que no salgas de nuestros dominios, pues nunca lograrás encontrar a la princesa Labam. ... (ver texto completo)
El hijo del Rajá trató de obtener más información, pero fue completamente inútil. Al fin, cansado de preguntar, tiró el arco y las flechas y regresó a su palacio, donde estuvo cinco o seis días encerrado sin comer ni beber.
Decidido a enterarse de quién era la princesa Labam, que tanta importancia parecía tener entre ellos, preguntó a Hiraman:
- ¿Quién es la princesa Labam? ¿Dónde vive?
El rey de los loros no quiso contestar a la pregunta del príncipe, limitándose a decir:
-No te molestes preguntando por la princesa, pues nunca podrás llegar hasta su morada.
Al oír estas palabras todos los pájaros regresaron junto a su soberano, balbuciendo humildes excusas.
El hijo del Rajá quedóse grandemente sorprendido al oír hablar tan bien a unos animalitos tan pequeños.
En realidad no huyeron todos, pues el viejo Hiraman, que era su rey y a quien los achaques no permitían volar con la misma rapidez de sus súbditos, quedóse en la rama que le servía de trono, y con voz cascada gritó a los fugitivos loros:
- ¡No me dejéis solo, para que sirva de blanco a las flechas del príncipe! ¡Volved enseguida o le contaré a la princesa Labam lo que habéis hecho!
De momento sólo vio una selva muy densa, sin encontrar en ella nada anormal, a no ser una cantidad enorme de loros. A falta de mejor caza, el hijo del Rajá disparó varios dardos contra los hermosos pájaros, que enseguida huyeron a esconderse en los árboles más altos.
El joven Príncipe obedeció por algún tiempo el consejo materno, pero una vez, después de recorrer el Norte, Este y Oeste sin haber encontrado un solo animal sobre el cual disparar sus flechas, recordó la advertencia de la Raní acerca del Sur, y decidió investigar el motivo de la prohibición. Sin la más pequeña duda, preparó el arco y penetró en el bosque que se extendía hacia el Sur.
Dijo esto porque estaba segura de que si su hijo iba en aquella dirección, oiría hablar de la hermosísima princesa Labam y entonces despediríase de sus padres para ir en busca de la bella muchacha.
EL HIJO DEL RAJÁ Y LA PRINCESA LABAM

Un Rajá, que gobernaba una importante provincia de la India, tenía un solo hijo, a quien le gustaba ir de caza diariamente. En una ocasión la Raní, su madre, le dijo:
-Puedes cazar hacia el Norte, hacia el Este y hacia el Oeste, pero nunca se te ocurra ir hacia el Sur.