- ¿A dónde vas, jovencito?
-He salido a buscar trabajo porque en casa ya no queda nada para comer.
- ¿Quieres trabajar conmigo?
-Con mucho gusto.
El joven se fue con él, trabajó durante un año, y el viejo lo recompensó con un gallito diciéndole:
-Ten en cuenta que éste no es un gallo cualquiera. Si le dices: “ ¡Gallo canta!”, él obedece y lanza por el pico una moneda de oro.
De inmediato aparecieron sobre la mesa excelentes alimentos y bebidas que ni el joven ni la posadera habían visto jamás en su vida. El joven comió hasta saciarse, convidó también a la posadera y se fue a dormir. Pero la dueña de la posada era una desalmada y, durante la noche, cambió el mantel mágico por uno cualquiera.
Cuando el joven llegó a su casa, su mantel sólo provocó burlas y carcajadas. Le tocó al segundo hijo salir a buscar trabajo. Le tocó al segundo hijo salir a buscar trabajo.
Después ... (ver texto completo)
Ten en cuenta que éste no es un mantel común. Basta con que digas: “ ¡Mantel, prepárate!” y tendrás de comer y beber todo lo que quieras.
El joven le dio las gracias y emprendió el camino de vuelta a casa. Al anochecer, entró en una posada y le dijo a la posadera:
-No se preocupe por la cena: tengo algo mucho mejor. –Cogió el mantel mágico, lo extendió sobre la mesa y añadió-: ¡Mantel, prepárate!
He salido a buscar trabajo porque ya no nos queda nada de comer en casa.
-Si buscas trabajo, ven conmigo. Trabajarás para mí durante un año y te compensaré con creces.
El joven estuvo de acuerdo, trabajó durante un año y, transcurrido este tiempo, el viejo le entregó un mantel diciéndole:
EL MANTEL MÁGICO, EL GALLO Y EL BASTÓN. Cuento de Polonia

Un campesino tenía tres hijos. Dos eran muy listos y el tercero, un despistado. Como el dinero escaseaba y se les había muerto la única vaca que tenían, el mayor decidió salir a buscar trabajo. Después de mucho caminar, se encontró con un viejo de barbas blancas:
- ¿Adónde vas, jovencito?
Donde has encontrado esta canción con una falta de ortografía muyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy gorda.
Podéis imaginaros cómo se enfadó la vieja madre del zorro. Salió al patio, cogió los zuecos de madera, se los arrojó a su hijo y lo hizo caer del tejado.
Así el zorro, en lugar de una buena cena, consiguió dos chichones: uno se lo hizo su madre con el zueco; el otro se lo hizo al caer del tejado.
Vaya, vaya, he dormido bien, pero parece que esta bolsa se vuelve cada vez más pesada.
Cuando avistó su casa, gritó desde lejos:
-Mamá, mamá, pon la olla de cristal en la chimenea que llego con la cena.
La vieja madre del zorro puso la olla de cristal en la chimenea, la llenó de agua y encendió el fuego.
Mientras el agua hervía, el zorro subió al tejado y desató la bolsa encima de la chimenea.
- ¡Señor gato, señor ratón, señor gallito rojo, acomodaos en la olla! –exclamó y echó campana ... (ver texto completo)
Uniendo sus fuerzas, remendaron muy bien la bolsa y se fueron corriendo a casa. Y, desde aquel día, el gato y el ratón ayudaron siempre al buen gallito rojo.
En cuanto al zorro, poco después se despertó, cargó con la bolsa al hombro y retomó su camino. Y, mientras tanto, pensaba:
Uniendo sus fuerzas, consiguieron tres piedras y las pusieron en la bolsa. Entonces el gallito preguntó:
- ¿Quién quiere ahora remendar la bolsa?
-Yo –dijo el gato.
-Yo, yo –dijo el ratón.
-Yo –dijo el gato.
Yo, yo –dijo el ratón.
Uniendo sus fuerzas, cortaron la bolsa y salieron al exterior. Entonces el gallito rojo preguntó:
- ¿Quién trae unas piedras?
Yo –dijo el gato.
-Yo, yo –dijo el ratón.
Era un día espléndido pero bastante caluroso y, al poco rato, la bolsa empezó a pesar. El zorro la dejó en el suelo, al pie de un cerezo, se tumbó a la sombra y se durmió.
En cuanto se durmió el zorro, el gallito rojo sacó unas tijeras que llevaba bajo el ala, una aguja y un hilo y preguntó:
- ¿Quién corta la bolsa con las tijeras?
-Socorro, socorro, ¿quién me ayuda? –gritaba el gallito rojo en la bolsa.
-Yo no –dijo el gato y se ovilló más aún en su cesta.
-Yo tampoco –dijo el ratón y se ocultó aún más en su cueva.
Pero si creían estar a salvo, se equivocaban. El zorro dio un salto, sacó al gato de la cesta y al ratón de la cueva y los metió en la bolsa, para que hiciesen compañía al gallito rojo. Después se echó la bolsa al hombro y retomó a la carrera el camino hacia su casa.
-Yo no –dijo el gato.
-Yo no –dijo el ratón.
-Vale –dijo el gallito rojo-, te la rascaré yo.
Y comenzó a rascar al zorro. Le rascó la espalda de la cola a las orejas pero, cuando llegó a las orejas, el zorro extendió una pata, atrapó al gallito y lo metió en su bolsa.
Llega el zorro! –gritó el gallito y saltó al aseladero.
- ¡Llega el zorro! –gritó el gato y se acomodó en su cesta.
- ¡Llega el zorro! –gritó el ratón y se escondió en su cueva.
El zorro entró en la habitación.
-Buenos días, ratoncito. Buenos días, gatito. Buenos días, gallito rojo. ¿Cuál de vosotros podría rascarme la espalda?