-Yo te ayudaré –prometió el gato.
-Te ayudaremos –prometió el ratón.
El gallito se enterneció y compartió el desayuno con sus dos amigos.
Cuando no quedaba ya siquiera una migaja, el gallito rojo miró por la ventana y vio que venía por el camino el zorro en persona.
Y quién se come ahora este magnífico desayuno?
-Yo –dijo el gato.
-Yo, yo –dijo el ratón.
-De ninguna manera –dijo entonces el gallo rojo-. Me lo comeré yo, solo, salvo que me prometáis que me ayudaréis siempre.
- ¿Quién prepara el desayuno?
-Yo no –dijo el gato.
-Yo tampoco –dijo el ratón.
-Vale, lo prepararé yo –dijo el gallito rojo e hizo de comer.
Cuando el desayuno estuvo listo, el gallito rojo preguntó:
-Yo no, dijo el gato.
-Yo tampoco –dijo el ratón.
-Vale, barreré yo –dijo entonces el gallito y barrió todos los rincones.
Acabada la limpieza, preguntó.
Yo no –dijo el gato.
-Yo no –dijo el ratón.
-Vale, me levantaré yo –dijo el gallito rojo, se levantó y encendió el fuego.
Cuando el fuego se avivó, el gallito rojo hizo una nueva pregunta:
- ¿Quién barre la habitación?
EL GALLITO ROJO. Cuento de Irlanda

Un gato, un ratón y un gallito rojo vivían juntos en una hermosa casa, situada en medio del bosque. El gato tenía su cama en una cesta mullida, el ratón en una cueva profunda y el gallito en un robusto aseladero. Al despertar una mañana, el gallito preguntó:
- ¿Quién se levanta primero a encender la chimenea?
Y cuando por fin, llegó el invierno, el Burrito fue muy feliz. Vivía descansado en su cómodo establo, y, acordándose de las anteriores penalidades, comía con buena gana la paja que le ponían en el pesebre. Ya no tenía las ambiciones que entristecieron su vida anterior. Ahora contemplaba desde su caliente establo el caer de los copos de nieve, y al Burrito descontento (que ya no lo era) se le ocurrió este pensamiento, que todos nosotros debemos recordar siempre, y así iremos caminando satisfechos ... (ver texto completo)
Si nada me gustó la primavera, menos aún me agrado el verano, y el otoño tampoco me parece cosa buena, ¡Oh, que ganas tengo de que llegue el invierno! Ya sé que entonces no tendré la jugosa hierba que con tanto afán deseaba. Pero, al menos, podré descasar cuanto me apetezca. ¡Bienvenido sea el invierno! Tendré en el pesebre solamente paja seca, pero la comeré con el mayor contento.
- ¡Arre, arre! En la huerta nos están esperando muchos cestos de fruta para llevar a la bodega.
El Burrito iba y venía de casa a la huerta y de la huerta a la casa, y en tanto que caminaba en silencio, reflexionaba que no había mejorado su condición con el cambio de estaciones.
El Burrito se veía cargado con manzanas, con patatas, con mil suministros para la casa. Aquella tarde le habían cargado con un gran acopio de leña, y el animal, caminando hacia la casa, iba razonando a su manera:
Pasó el tiempo... Llegó el otoño. ¿Pero, qué ocurrió? El criado sacaba del establo al Burrito cada día y le ponía la albarda.
- ¡Ay!, ¡cuándo llegará el verano, para no tener que cargar tanta hierba del prado! Vino el verano; mas no por hacer mucho calor mejoró la suerte del animal. Porque su amo le sacaba al campo y le cargaba con mieses y con todos los productos cosechados en sus huertos. El Burrito descontento sudaba la gota gorda, porque tenía que trabajar bajo los ardores del Sol.
- ¡Ay!, ¡qué ganas tengo de que llegue el otoño! Así dejaré de cargar haces de paja, y tampoco tendré que llevar sacos de trigo al molino ... (ver texto completo)
Así suspirando el Burrito de nuestro cuento, fue llegando la primavera, y con la ansiada estación creció hermosa hierba verde en gran abundancia. El Burrito se puso muy contento; pero, sin embargo, le duró muy poco tiempo esta alegría. El campesino segó la hierba y luego la cargó a lomos del Burrito y la llevó a casa. Y luego volvió y la cargó nuevamente. Y otra vez. Y otra. De manera que al Burrito ya no le agradaba la primavera, a pesar de lo alegre que era y de su hierba verde.
Érase que se era un día de invierno muy crudo. En el campo nevaba copiosamente, y dentro de una casa de labor, en su establo, había un Burrito que miraba a través del cristal de la ventana. Junto a él tenía el pesebre cubierto de paja seca.
- ¡Paja seca! -se decía el Burrito, despreciándola-. ¡Vaya una cosa que me pone mi amo! ¡Ay!, ¡cuándo se acabará el invierno y llegará la primavera, para poder comer hierba fresca y jugosa de la que crece por todas partes, en prado y junto al camino!
¿De qué estilo es la iglesia?