Si que es casualidad! -dijo el príncipe. Nos parecemos como dos gotas de
agua.
-Es cierto -reconoció el mendigo. Pero yo voy vestido de andrajos y tú te cubres de sedas y terciopelo. Sería
feliz si pudiera vestir durante un instante la ropa que llevas tú.
Entonces el príncipe, avergonzado de su riqueza, se despojó de su
traje, calzado y el collar de la Orden de la Serpiente, cuajado de
piedras preciosas.
-Eres exacto a mi -repitió el príncipe, que se había vestido, en tanto, las ropas del mendigo.