- ¡Oh, no! No te devoraré. Te suplico que me libres de este dolor tan terrible.
El hijo del Rajá sacó un afilado puñal, y con un rápido movimiento, arrancó la espina. Esta se hallaba tan hundida en la pata de la fiera que, al salir hízole lanzar un rugido tan fuerte, que su hembra lo oyó desde donde se encontraba, y temiendo que algo malo le hubiera ocurrido a su pareja corrió a ayudarle.
-Yo te quitaré ese estorbo -prometió el príncipe-. Pero has de prometerme que, cuando te haya curado, no me devorarás.
- ¿Por qué ruges de esa manera? -preguntó el joven príncipe-. ¿Qué te pasa?
-Hace doce años que me clavé una espina en esta pata -contestó el animal-. En todo ese tiempo no ha dejado de dolerme, y por ello me quejo desde que nace el sol hasta que muere.
El hijo del Rajá le dio amablemente las gracias, y montando a caballo, continuó el viaje.
Al cabo de varias horas, salió de la selva para entrar en otra más espesa, y después de cabalgar largo rato por ella, vio a un tigre que rugía de dolor.
-Has sido bueno con nosotras; si alguna vez te encuentras en peligro, piensa en mí y acudiré en tu ayuda.
-No importa -murmuró-. No comeré los dulces. Dejaré que los terminen las hormigas.
Al oír esto, la reina de las hormigas abandonó su pastel y dirigiéndose al príncipe, le dijo:
Al desatar el pañuelo y coger el primer dulce, vio que una hormiga había empezado a comérselo. En el segundo encontró otra hormiga. Dejó los dos pasteles en el suelo y cogió otro, y otro y otro. Fue inútil; todos estaban como los anteriores.
El joven guardó el obsequio de su madre, y conteniendo las lágrimas que pugnaban por brotar de sus ojos, alejóse hacia la ventura.
Al cabo de varias horas de cabalgar a través de una selva virgen, llegó a un estanque bordeado de frondosos árboles. Despojándose de sus vestiduras bañóse en él, y cuando hubo terminado, fue a tenderse a la sombra de uno de los árboles, con la intención de comer alguna de las golosinas que le diera su madre.
Cuando el príncipe había montado ya a caballo, acercóse la Raní, y después de abrazarle estrechamente, le tendió un pañuelo lleno de golosinas, diciéndole:
-Cuando sientas hambre, hijo mío, come dulces de estos.
El Rajá y la Raní, vertieron ardientes lágrimas al despedirse del joven. El padre le dio hermosos vestidos, un magnífico caballo, un arco que lanzaba las flechas más de trescientos metros, y un talego lleno de rupias.
-Es necesario que lo intente. Tal vez Dios se apiade de mí y acceda a mostrarme el camino. Si la encuentro volveré con ella a vosotros; pero si muero no volveré a veros. Adiós, padres queridos.
Al fin, comprendiendo que de aquella manera no podía vivir, salió de sus habitaciones y dirigiese a las de sus padres, a quienes anunció que quería ir a conocer a la princesa Labam.
-Tengo que ir -dijo-. Es necesario que la vea. Decidme dónde se encuentra.
-No lo sabemos, hijo -contestaron a la vez el Rajá y la Raní.
-Entonces iré yo mismo a buscarla, -dijo el príncipe.
-No, no -protestó el padre-. No debes dejarnos. Eres nuestro único hijo. Será mejor para ti que no salgas de nuestros dominios, pues nunca lograrás encontrar a la princesa Labam. ... (ver texto completo)
El hijo del Rajá trató de obtener más información, pero fue completamente inútil. Al fin, cansado de preguntar, tiró el arco y las flechas y regresó a su palacio, donde estuvo cinco o seis días encerrado sin comer ni beber.
Decidido a enterarse de quién era la princesa Labam, que tanta importancia parecía tener entre ellos, preguntó a Hiraman:
- ¿Quién es la princesa Labam? ¿Dónde vive?
El rey de los loros no quiso contestar a la pregunta del príncipe, limitándose a decir:
-No te molestes preguntando por la princesa, pues nunca podrás llegar hasta su morada.
Al oír estas palabras todos los pájaros regresaron junto a su soberano, balbuciendo humildes excusas.
El hijo del Rajá quedóse grandemente sorprendido al oír hablar tan bien a unos animalitos tan pequeños.