Por eso el Cura conoció a otro que venía en la
procesión, LII, pág. 716. Un cortijo todavía llamado de los Canónigos de donde vendría éste, dos kilómetros al sur y una aldea pequeña y rica como a tres leguas al sur con un enorme y centenario álamo en la
plaza donde Vicente de la Rocha contaba sus aventuras, también como todavía hoy se sigue haciendo. «Sentábase en un poyo que debajo de un gran álamo está en nuestra plaza» LI pág. 705 y que no puede ser otro que el
pueblo de
Albaladejo. Ya nos dice
... (ver texto completo)