Sí, vivir,
y dejar vivir.
Quizá es ese el secreto,
dejar que fluya constante
la vida y el entendimiento.
No permitir se diluya
la savia que llevamos dentro
pretendiendo,
cambiar lo que es tangible
por una insulsa realidad
carente de sentimientos.
La fragancia de una flor,
la belleza de un paisaje,
o esa mirada cómplice
que un extraño te devuelve
cual síntoma de reconocimiento.
Y todo sin aspavientos,
natural,
sin cábalas preconcebidas,
dejando que sea la vida
lo que circule como el viento.
Pajaritos y pajarracos,
plantas y animales fieros
siguen sus ritmos vitales
sin forzar acontecimientos.
Y las mareas y las nubes,
granizadas y volcanes
nos continuas lecciones
de la fuerza de la tierra madre.
Y esos puntos luminosos
que llegan a nuestras retinas
del firmamento que se expande.
Y en el mundo que estamos
vemos que cada día renace
nuevo de nuevo,
imperturbable,
desde el inicio de los tiempos.
Y ahí estamos nosotros,
gente,
me miraste, te miré
nos detuvimos un instante,
hicimos uno de dos,
mezclamos aquel sudor
que produjo la calor
de una vida que son dos
en su máxima ebullición.
Alfa y omega,
de ahí surgió una vida nueva,
una esperanza, una ilusión,
cíclica, repetición.
Cantan Ovidios y Poetisas,
canta en el campo el labriego,
en la ciudad el jardinero
y por las minas los mineros.
Otra primavera nueva,
otras vidas, otros anhelos,
otras guerras, otros consuelos.
Un abrazo.
Salud.
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