Esta costumbre tan española (Camilo José Cela la definió como el "yoga ibérico") es una práctica antigua. Se echaban un rato para descansar los antiguos romanos y los cortesanos y campesinos en la edad media. También tenía costumbre de dormir Napoleón encima de su caballo entre batalla y batalla. Asiduos defensores de la siesta eran Albert Einstein ("para inspirarse"), Thomas Edison para inventar y Johannes Brahms, que llegaba a quedarse frito encima del piano. Incluso la irreducible Margaret Thatcher ... (ver texto completo)
Todos tenían sus razones. Y estaban en lo cierto. El organismo humano precisa hacer una pausa a mitad de la jornada. De acuerdo con nuestro reloj biológico, al cabo de ocho horas de estar despierto, el cuerpo atraviesa un bajón (la palabra siesta viene del latín "hora sexta", que defi ne el lapso del día entre las doce y las tres) y nos pide que paremos. La temperatura corporal baja, el cansancio pasa factura: hay que dormir.
Un abrazo.
Un abrazo.