Por la tarde, se iba a la ermita de San Blas que permanecía todavía en pié y el Señor Cura, revestido con sobrepelliz y estola, echaba la bendición sobre todos los asistentes y sus viandas, entre las que se encontraba nuestro rollo muchas veces ya empezado pues, a ver quien era el guapo que resistía la tentación sin probar a qué sabía. Creo que la bendición sería urbi et orbi y serviría también para los que no iban por allí.
Un abrazo.
Un abrazo.
La bendición de rollos se hacía como ya sabéis, conmemorando los tiempos en que nuestro Santo curó a un niño que tenía una espina clavada en la garganta y que estaba a punto de morir, cuando al santo lo llevaban camino del martirio. Al pobre Blas, Obispo de Sebaste allá por Armenia, por cierto, le hicieron sufrir de los lindo. Si os fijáis en la imagen que hay en San Antonio, veréis que lleva en la mano un cardador de lana con el que le cardaron el cuerpo entero. Qué bestias que eran en aquel entonces. ... (ver texto completo)