Cuando a uno le mandan a tomar vientos o a tomar el fresco, aunque pueda ser una frase de desdén, no debe tomárselo peyorativamente. En muchos lugares, tomar el fresco es salir a la calle con su silla respectiva y charlar con los vecinos formando un pequeño mentidero cerca de la puerta de la casa después de las faenas cuotidianas tras un día de calor, donde el botijo o la bota corrían de mano en mano. En Deza existía esa sana costumbre y quizás todavía perdure. Era bonito, cuando pasabas por el Corrillo,
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Es curioso, como apunta pefeval en este relato costumbrista, en la primera parte, y ciertamente patético en el caso comentado de ese pacífico ciudadano, que nuestras autoridades tengan dos raseros a la hora de medir: máximo rigor con un hombre de un
pueblo que no molesta a nadie, menos para los munícipes, parece, y laxitud con los que arman follón
nocturno, se orinan en las paredes y dejan los
pueblos y ciudades hechos un asco con el fenómeno conocido como el botellón. Claro, que el señor Fernández
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