Llegan los barcos negreros a Canarias. Dejan su mercancía. La transportan a la península. Abandonan a los exclavos en los mercados de las encomiendas y a enriquecernos a costa de la esclavitud. Los inspectores de trabajo, la policía y guardia civil, los jueces y los gobernantes se encogen de hombros, miran para otro lado o dicen, sencillamente, que no se puede hacer nada. Igual que pasó hace cientos de años.
La historia juzgará lo que ahora estamos haciendo, permitiendo el comercio de esclavos, ... (ver texto completo)
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