Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

Pero por dentro era exactamente igual que su viejo castillo. Pensaba…

“ ¡Qué e-e-e-extraño! ¡Este es mi viejo castillo!

“N-n-no creo que n-ne-cesite ningún libro de aventuras después de todo e-esto. Sólo un largo descanso.

Sin embargo, tenía algo que hacer antes de irse a la cama. Minuto se sentó y se puso a escribir una carta muy importante.
Minuto se quedó sin habla. La entrega del premio terminó y la muchedumbre se marchó a esperar el segundo premio, sin que él hubiera llegado a enterarse de lo que ocurría. Agitó la mano hacia el comandante en señal de despedida y entró para inspeccionar su reluciente casa nueva.
Minuto no podía dar crédito a lo que veía. ¡Justo delante de él se erguía un brillante castillo rojo con sus torres relucientes y sus banderas blancas!
El comandante Sacoviento corrió para ayudar a salir del avión al pobre Minuto. -Ven, muchacho -exclamó el piloto excitado- Tengo una sorpresa para ti.
¿A qué vienen todos esos aplausos?

El castillo desparecido
El castillo desparecido

-Son para Minuto -aclaró el payaso- ¡Ha ganado el concurso de la casa más bonita! Pero no le encontramos por ningún sitio.
Subieron y subieron. Ambos estaban empapados, cuando por fin penetraron por la ventana y se posaron sanos y salvos en el ático. Un poco más allá había una muchedumbre que vitoreaba y aplaudía. El comandante Sacoviento saltó de la avioneta y se acercó a grandes zancadas para cerciorarse de lo que ocurría.

¡Hola, Alberto! —gritó—.
De repente se produjo un golpazo ensordecedor acompañado de un gran chillido. Plumas oscuras volaron por el aire. Habían chocado con un enorme pájaro negro.

-El ala de estribor está rota -gritó el piloto-, pero creo que podremos seguir volando.

-Eso espero balbuceo-Minuto.
Subieron de nuevo fatigosamente al tejado de la caseta.

-Lo siento, amigo -dijo el comandante- Será mejor que regresemos. Empieza a oscurecer.

Peor aún, comenzaba a llover.

La avioneta despegó del tejado. A pesar de protegerse con sus anteojos, el comandante no veía muy bien a dónde se dirigía.
-Conozco un lugar en el que no hemos mirado -dijo, señalando hacia abajo. - ¡C-c-cclaro! -exclamó Minuto- ¡En la ca-ca-caseta! ¡Vamos!

Bajando por un viejo canalón de desagüe llegaron hasta una ventana y miraron.

- ¡Por Júpiter, Minuto, es tu castillo!

El castillo desparecido
El castillo desparecido

En efecto, había un castillo en la caseta. Pero era de color rojo con torres relucientes y banderas blancas. ... (ver texto completo)
Al fin sonaron las palabras que Minuto anhelaba escuchar… - ¡Sujeta tu gorro! -gritó el comandante—. ¡Vamos a aterrizar!

Unos segundos después el aparato empezó a dar saltos y se detuvo sobre el tejado de la caseta del jardín.

-No hay na-nada que hacer -farfulló Minuto- ¡Hemos mirado por to-todas partes!

Pero el comandante Sacoviento no se daba por vencido…
Luego, la avioneta se abalanzó sobre un estanque repleto de peces. Las alas casi rozaban el agua.

- ¡Cuidado con esas r-r-rocas! -gritó Minuto.

Volvieron a subir, rugiendo, girando y metiéndose por todas las grietas y escondrijos del jardín. Pero no encontraron ni rastro del castillo.
Los momentos siguientes fueron una pesadilla para Minuto. De repente se sumergieron en un bosque de ramitas que se quebraban y de hojas que se desgajaban. El aire se llenó con los zumbidos de los insectos que se dispersaban en todas direcciones.
El comandante Sacoviento no tenía idea de a dónde iba. Estaba intentando desesperadamente evitar las enormes ramas que parecían precipitarse sobre él desde el cielo.

- ¡Lo siento por los choques, amigo! ¡Será mejor que volemos un poco más bajo
El castillo desaparecido

Minuto el Bufón había perdido su castillo, y su amigo el Comandante Sacoviento le estaba ayudando a encontrarlo….

El pobre Minuto cerró los ojos y se agarró fuerte. Su vida dependía del pequeño aeroplano.

“ ¡Sólo espe-pero que el comandante Sacoviento sepa a dónde v-va!”, pensó.
Jejeje, que pasa hoy con los mensajes. Parecen un poltergeist.
se me olvido que al entrar por otro ordenata no sale tu nombre.
Hoy cumplen los años estos perretes.

Les daremos unas chuches perrunas, jejjee.
Y a través del tiempo, la misma historia se continuó repitiendo…
Y pasaron los años.
Y con estas palabras, el caracol se metió dentro de su casa y la selló.
–Tu vida fue demasiado fácil –dijo el caracol (Sin detenerse a observarse a sí mismo).
Me asustas –dijo el rosal–. Nunca he pensado en ello.
Luego comenzó una nueva estación, y las rosas salieron al aire y el caracol hizo lo mismo.
–Necesito tiempo para pensar –dijo el caracol–; ustedes siempre están de prisa. No, así no se preparan las sorpresas.
–Esperamos mucho de ti –dijo el rosal–. ¿Podría saberse cuándo me enseñarás lo que eres capaz de hacer?
El centro del jardín era dominado por un rosal totalmente cubierto de flores durante todo el año. Y allí, en ese aromático mundo de color, vivía un caracol, con todo lo que representaba su mundo, a cuestas, pues sobre sus espaldas llevaba su casa y sus pertenencias.
El caracol y el rosal

Había una vez…

… Una amplia llanura donde pastaban las ovejas y las vacas. Y del otro lado de la extensa pradera, se hallaba el hermoso jardín rodeado de avellanos.
Julia y Paula se echaron a reír.

- ¿Verdad que es gracioso, mamá? ¿Quién querría cazar un canal?

“Bueno”, pensó Simón conformándose, “nadie quiere cazar al canal, ni el canal quiere cazarnos a nosotros. ¡Mejor que mejor!”

-Por favor, mamá, ¿puedo tomar más bizcochos?

-Claro que sí, cariño.
... (ver texto completo)
¡Entonces comprendió! ¡El monstruo era invisible! Podía verlos a ellos, pero nadie podía verlo a él. El monstruo murmuraba por lo bajo, hablando solo, pero no atacaba.

De vuelta a casa, mientras merendaban, Simón dijo: Nunca lograrán cazarlo. - ¿Cazar qué, cariño?

-El canal.
El molino se alzaba a orillas del agua, y la fuerza de la corriente lo hacía funcionar. Simón no tenía miedo con la abuelita a su lado.

- ¿Dónde está el canal? -preguntó Simón.

El canal de Simón
El canal de Simón

-Pero… ¡si está justo delante de ti!

- ¿Es esto un canal? -preguntó Simón. ... (ver texto completo)
Simón pareció espantado. Sintió como un desmayo y no pudo tragar las croquetas.

- ¿No tienes miedo, abuelita?

- ¿Miedo de un viejo y raquítico canal? ¡Claro que no! -dijo la abuelita.

“A fin de cuentas, el monstruo no es tan terrorífico”, pensó Simón. “Quizá se está haciendo viejo y pierde fuerzas.” Simón empezó a sentir pena por él.

Después de comer, la abuelita y su nieto se dirigieron al molino, andando por varios caminos.
-No -dijo Julia- No hay más que uno sobre un canal. No te va a gustar. Es demasiado tostón.

Simón sabía lo que era un tostón. Había visto a su madre tostar pan en la cocina. Quizá el canal tostaba pan con las llamas que salían de su boca. Julia tenía razón; no le iba a gustar.

-Encontré un buen libro para Simón -dijo Paula.

En la cubierta del libro se veía a un gran dragón verde rugiendo en la orilla de un río.

Al día siguiente, la abuelita de los niños vino de la ciudad para pasar unas ... (ver texto completo)
Al día siguiente Julia y Paula llevaron a Simón a la biblioteca.

-Simón puede pedir también un libro -dijo Julia.

-No sabe leer.

-Bueno, puede mirar los dibujos.

- ¿Qué clase de libro quieres mirar, Simón?
... (ver texto completo)
- ¡Ahora recordadlo otra vez, manteneos lejos de ese canal!

El canal de Simón
El canal de Simón

Simón no sabía qué era un canal. ¿Cómo iba a saberlo si nunca lo había visto? Imaginaba que se trataba de un grande y terrorífico monstruo que vivía en una guarida cerca del molino. A veces escuchaba sus rugidos. Una noche oscura y ventosa lo oyó acercarse a la casa, galopando hambriento y furioso. Afortunadamente la puerta estaba atrancada y las cortinas echadas.
El canal del Simón

La madre de Simón gritaba: - ¡No os acerquéis al canal! Esta advertencia la hacía diez veces al día a las hermanas mayores de Simón, Julia y Paula, que debían cuidar del pequeño y protegerlo.

Una mañana, mamá puso a Simón la chaqueta y le peinó. Luego hizo lo mismo con las chicas y dijo:
Y con estos animales y volviendo las cultivar las tierras, pudieron sobrevivir, y el avaro entendió su gran error.
– ¡Guardé algunos animales en un lugar alejado de la granja para que no pudieras venderlos!
El avaro estaba desolado ya que su familia no tenía nada para alimentarse, entonces dijo el menor de sus hijos, que era el más pillo:
El avaro, en su siguiente visita, se encontró el hueco vacío y comenzó a gritar, patalear, tirarse del pelo y decir todos los insultos que le venían y la cabeza, para al final ponerse a llorar desconsoladamente. Un vecino, al verlo se acercó para intentar ayudar a superar su dolor y le dijo: “No llore usted por la pérdida de ese oro que sólo contemplaba, coja usted una piedra grande y bonita, la coloca en el agujero en el mismo sitio donde estaba el cofre del tesoro, y se hace la ilusión de que esa ... (ver texto completo)
Pronto descubrió el secreto del tesoro escondido del avaro, y aprovechando que se fue a descansar se puso a cavar con mucha fuerza hacia abajo, hasta que llegó al tesoro, “que grande, este oro tiene que ser para mi” y se lo robó.
El avaro

Había una vez en una tierra muy lejana, un granjero que era muy avaro. Un día decidió vender todas las cosechas y productos de la granja para comprar un gran tesoro de oro, aunque su familia le rogó que no lo hiciera, que no podrían sobrevivir durante el invierno sin las cosechas, la carne y leche que habian producido los animales, pero sin hacerles caso, lo vendió todo y las monedas que le dieron las enterró en un gran cofre al lado de una vieja pared, e iba a verlo a diario. Uno de ... (ver texto completo)
Mientras viva, nunca me retiraré del sendero para internarme en el bosque, cosa que mi madre me había ya prohibido hacer.”
Las tres personas se sintieron felices. El cazador le quitó la piel al lobo y se la llevó a su casa. La abuelita comió el pastel y bebió el vino que le trajo Caperucita Roja y se reanimó. Pero Caperucita Roja solamente pensó:
En cuanto había hecho dos cortes, vio brillar una gorrita roja, entonces hizo dos cortes más y la pequeña Caperucita Roja salió rapidísimo, gritando: “ ¡Qué asustada que estuve, qué oscuro que está ahí dentro del lobo!”, y enseguida salió también la abuelita, vivita, pero que casi no podía respirar. Rápidamente, Caperucita Roja trajo muchas piedras con las que llenaron el vientre del lobo. Y cuando el lobo despertó, quizo correr e irse lejos, pero las piedras estaban tan pesadas que no soportó el ... (ver texto completo)
Y ya se disponía a disparar su arma contra él, cuando pensó que el lobo podría haber devorado a la viejita y que aún podría ser salvada, por lo que decidió no disparar. En su lugar tomó unas tijeras y empezó a cortar el vientre del lobo durmiente
Entonces el lobo decidió hacer una siesta y se volvió a tirar en la cama, y una vez dormido empezó a roncar fuertemente. Un cazador que por casualidad pasaba en ese momento por allí, escuchó los fuertes ronquidos y pensó, ¡Cómo ronca esa viejita! Voy a ver si necesita alguna ayuda. Entonces ingresó al dormitorio, y cuando se acercó a la cama vio al lobo tirado allí.“ ¡Así que te encuentro aquí, viejo pecador!” dijo él.” ¡Hacía tiempo que te buscaba!”
– “Son para verte mejor, querida.”

– “Pero abuelita, qué brazos tan grandes que tienes.”

– “Para abrazarte mejor.” – “Y qué boca tan grande que tienes.”

– “Para comerte mejor.” Y no había terminado de decir lo anterior, cuando de un salto salió de la cama y se tragó también a Caperucita Roja.
“ ¡Oh Dios! que incómoda me siento hoy, y otras veces que me ha gustado tanto estar con abuelita.” Entonces gritó: “ ¡Buenos días!”, pero no hubo respuesta, así que fue al dormitorio y abrió las cortinas. Allí parecía estar la abuelita con su gorro cubriéndole toda la cara, y con una apariencia muy extraña.
Mientras tanto, Caperucita Roja se había quedado colectando flores, y cuando vio que tenía tantas que ya no podía llevar más, se acordó de su abuelita y se puso en camino hacia ella. Cuando llegó, se sorprendió al encontrar la puerta abierta, y al entrar a la casa, sintió tan extraño presentimiento que se dijo para sí misma:
El lobo movió la cerradura, abrió la puerta, y sin decir una palabra más, se fue directo a la cama de la abuelita y de un bocado se la tragó. Y enseguida se puso ropa de ella, se colocó un gorro, se metió en la cama y cerró las cortinas.
“Caperucita Roja,” contestó el lobo.

“Traigo pastel y vino. Ábreme, por favor.”

– “Mueve la cerradura y abre tú,” gritó la abuelita, “estoy muy débil y no me puedo levantar.”