Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

—Busca a la joven más pura y hermosa de la ciudad —dijo Baltasar-. Desea comérsela.

El rostro del monarca se ensombreció. Su propia hija, la princesa Sabra, era sin duda la joven más pura y hermosa del reino. Todo el mundo lo decía.

— ¡No le daré mi hija! —exclamó— ¡Eso es imposible!
—Debemos dar a esa bestia lo que busca, sea lo que sea —dijo el rey. Y mandó llamar a Baltasar, el hombre más sabio del reino, para preguntarle qué era lo que andaba buscando el dragón.
A la mañana siguiente, mientras el humo flotaba todavía por toda la ciudad, el monstruo estaba de regreso junto al lago.
“Grooorrr”, rugió el dragón mientras descendía estruendosamente por la calle, aplastando a todos los que, aterrados, pretendían escapar de sus hogares. El animal siguió su camino, con pasos pesados y atronadores, mirando a diestro y siniestro. Parecía ir en busca de algo. Luego se volvió y, lanzando un inmenso chorro de fuego por la nariz, quemó una hilera entera de casas.
Luego se acercó a todas las ventanas y miró por ellas. Las mujeres gritaban, los niños lloraban y los hombres huían. En palacio, la princesa Sabra rezaba. El dragón avanzaba husmeando entre las casas; su estómago vacío hacía un ruido que parecía que tronaba.

— ¡Tiene hambre! —gritaba la gente aterrorizada—. ¡Busca comida!
Aquella noche oyeron al dragón abandonar el lago y arrastrarse por el lodo. Scuaac, scuaac, scuaac hacían sus pasos. Ssccrrr, ssccrrr sonaba su escamosa cola al arrastrarse por el camino. En la entrada de la ciudad, soltó un chorro de fuego por las narices y quemó las puertas, derribándolas.
Las gentes cerraban las puertas de la ciudad, echaban el candado a las puertas de sus casas y atrancaban las ventanas. A pesar de ello, no se sentían seguras. El dragón era más grande que la iglesia, más aún que el palacio del rey. Si venía en busca de alimento, nada podían hacer para impedirle la entrada.
Jorge y el Dragón

Una horrible criatura salió reptando del gran lago donde acudían las gentes del lugar para sacar agua. Cuando el animal se tendía a la orilla del lago, nadie se atrevía a acercarse por allí. Su amplia cola circundaba el lago y su cuerpo verde y escamoso se hundía en el lodo de la ribera. Sus correosas alas se agitaban para protegerse del calor del sol. Debajo de sus pesados párpados brillaban unos ojos verdes. Era el dragón más perverso e inmundo que os podáis imaginar.
Este año toca hacer camino, jejejjee, alguien se apunta.
La salida seria en septiembre 23.
Saludos y animarse. rs
Chiste: Tres amigos en la playa

Quedan tres amigos para ir a la playa, y cada uno tenia que llevar una cosa, para compartirla, uno lleva una sombrilla, otro una toalla, y otro una puerta de coche. Y se ponen a hablar y dicen:

- ¿Para que te has traído una sombrilla?

-Para que no nos de el sol.

- ¿Y tu para que te has traído la toalla?
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Chiste: Vacaciones en Méjico

Dos amigos se encuentran y uno le dice al otro:

-Voy a ir a Méjico de vacaciones este verano.

-! No lo hagas!, sabes que allí el calor es tal, que están a cuarenta y cinco grados en la sombra.

- ¿Y me crees tan tonto que me voy a ir a poner en la sombra?
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Chiste: ¡Que tontería!

Un irlandés naufraga en una isla desierta y pasa allí mas de 20 años hasta que un día se encuentra una botella en la playa, y al abrirla sale un genio que le concede dos deseos.

(Si, en este caso son solo dos) El primer deseo que pide el irlandés es una botella de Guinnes que no se acabe nunca. El genio se lo concede; aparece una botella en la mano del irlandés, que echa un larguísimo trago, pero cuando acaba y vuelve a mirar la botella ve que sigue estando llena.

- ... (ver texto completo)
Cuando el tren salió de la estación,

Heidi se despidió con la mano de las montañas.

—Volveré —murmuró—. ¿Verdad que podré volver, tía Adela?

(¿Regresará Heidi algún día a su hogar en las montañas?

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Adela sacó del armario las cosas de Heidi e hizo con ellas un fardo. Luego tomó a la niña de la mano y se la llevó montaña abajo hasta la estación del ferrocarril en Dorfli. Cuando vio aproximarse el tren, Heidi se puso a llorar desconsoladamente. No quería dejar a sus amigos en las montañas para regresar a la sombría ciudad.
El tío Anselmo se paseaba arriba y abajo de la estancia gritando y maldiciendo. Pero Adela estaba decidida a llevarse a Heidi. Estuvieron discutiendo y chillando hasta que el anciano, enfurecido, exclamó:

— ¡Pues vete de una vez, y no vuelvas a aparecer por aquí con ese ridículo sombrero y esa ridicula pluma! —Y dando un portazo salió de la casita.
Adela tomó la otra mano de Heidi y añadió:

—He encontrado una acaudalada familia en Francfurt que quieren que vayas a vivir con su hija inválida para hacerle compañía. A cambio de eso, ¡harán de ti una señorita!

— ¡No me lleves, tía Adela! ¡Por favor, no me lleves!
Heidi agarró con fuerza la mano de su abuelo. No deseaba regresar a la ciudad con su tía Adela.

—Sé que tu no la envías a la escuela dijo ésta a su abuelo- ¿Te das cuenta de que eso va contra la ley y podrían enviarte a la cárcel?
Heidi vivía feliz con su abuelo y se criaba fuerte y sana respirando el aire puro de las montañas. Pero un día, después de haber cumplido los siete años, se presentó su tía Adela, que se tocaba con un enorme sombrero adornado con una pluma.

—He venido a llevarme a Heidi —dijo nada más entrar. Tío Anselmo la miró pasmado.

—No quisiste acogerla cuando la traje aquí, y ahora he venido a llevármela conmigo.
Heidi debía ya marcharse.

— ¡Vuelve pronto! —dijo la abuela, mientras Heidi salía corriendo para encontrarse con abuelo Anselmo, quien la estaba esperando en lo alto del camino.

El anciano guardó silencio mientras Heidi le contaba lo humilde que era la familia de Pedro. Cuando volvieron a visitarlos, el abuelo llevó sus herramientas para realizar las reparaciones que fueran necesarias en casa de Pedro. Todos los habitantes de Dorfli se enteraron de la buena obra de abuelo Anselmo y estaban ... (ver texto completo)
—No, niña. Estoy siempre sumida en la oscuridad. Pero no es tan terrible. Ojalá que Pedro aprendiera de una vez a leer.

Echo de menos el oír las palabras escritas en mis viejos libros.

Heidi estaba muy apenada. Apoyó la cabeza en el regazo de la abuela y rompió a llorar.

Afuera, el viento silbaba y los postigos batían las ventanas. Pedro regresó de la escuela cuando el sol declinaba.
—Tiene el pelo oscuro y rizado y carita de traviesa —dijo la madre de Pedro.

—Acercaré la lámpara usted misma pueda verme —dijo Heidi. Pero la abuela movió la cabeza y respondió: —Hace mucho que mis pobres ojos no ven nada.

— ¿Cómo? —exclamó Heidi asombrada—. ¿Ni siquiera la nieve…, ni las encendidas montañas cuando el sol se despide de ellas con un beso?
—Estaré de vuelta a las cinco, Heidi. Espérame en lo alto del camino. —Y se volvió hacia la montaña arrastrando el trineo.

—Hemos oído hablar mucho de ti, Heidi —dijo la madre de Pedro al abrirle la puerta. Luego se volvió hacia una delicada anciana que estaba sentada en una silla. La anciana tendió sus manos a Heidi y dijo:

— ¿Qué aspecto tiene, Ursula?
Pero Heidi insistió tanto que al fin el abuelo, a regañadientes, sacó su gran trineo de madera y cogió una gruesa manta. Envolvió a Heidi en ella y se montó con la niña en brazos en el trineo.

El trineo se deslizaba velozmente por la nieve y Heidi exclamó entusiasmada: — ¡Oh, parece que estemos volando!

El anciano la dejó justamente ante la puerta de la casita de Pedro.
- ¿Puedo ir a visitar a Pedro y a su abuelita? —preguntó Heidi.

—El camino está cerrado —dijo abuelo Anselmo, intentando hacerla desistir de su empeño.

—Pero yo quiero ir. —Pues yo no quiero llevarte. Las gentes de Dorfli no me tienen simpatía y no me encuentro a gusto allí.
Pero una mañana Pedro no se presentó a buscar a Flor y Mariposa. La escuela de Dorfli había vuelto a abrirse y Pedro tenía que asistir a clase todos los días. El otoño dio paso al invierno y Heidi se quedó en casa sin salir, pues una espesa capa de nieve cubría la solitaria montaña y rodeaba la casita.
Y Heidi se quedó en casa para ayudar a su abuelo a hacer manteca, yogur y queso con la leche de las cabras. Pero le entristecía no poder acompañar a Pedro y a las cabras a la montaña. Pedro también la echaba de menos. Hasta las cabras parecían más contentas cuando Heidi iba con ellas y las acariciaba.
Todos los días, volvía Heidi a las montañas con Pedro y sus cabras. Mas llegó el otoño y con él unos vientos muy fuertes que hacían que los abetos frente a la casita del abuelo suspiraran y gimiesen.

—Sopla ahora un viento demasiado fuerte para que puedas subir a la montaña —dijo un día abuelo Anselmo.
— ¿Es que están ardiendo? —preguntó Heidi.

—No, siempre se ponen así a la caída de la tarde. Es el sol que se despide de ellas con un beso.

Cogidos de la mano, Heidi y Pedro emprendieron el regreso a la casita del abuelo.

Cuando divisaron al anciano, sentado bajo los abetos, fumándose su larga pipa, Heidi corrió a saludarle, seguida por Flor y Mariposa. Pero antes se despidió de Pedro:

—Buenas noches, Pedro. Buenas noches, Copito de Nieve.
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De pronto, el sonido de unas alas que se agitaban despertó a Heidi.

— ¡Pedro, Pedro! ¡Despierta! —Pedro corrió junto a Heidi y ambos observaron a un águila inmensa que volaba sobre sus cabezas. El animal fue remontándose hasta alcanzar el pico más elevado, donde ni siquiera en verano se derretía la nieve.

Cuando la luz del sol empezó a declinar, las montañas comenzaron a adquirir una tonalidad cada vez más rojiza.
—Porque la semana pasada vendieron a su madre en la ciudad. Supongo que debe sentirse abandonada.

—Pobre Copito de Nieve —dijo Heidi, abrazándose al cuello de la cabra—. Vendré a verte todos los días y hablaré contigo para que no te sientas abandonada.

Al llegar a los pastos que había en la cima, Pedro halló un lugar apropiado para sentarse a almorzar. Comieron su pan con queso y tomaron su leche de cabra, y luego se quedaron dormidos bajo el cálido sol.
Le indicó dónde crecían las hierbas silvestres de fragante aroma. Le enseñó a pronunciar los nombres de las cabras y cómo silbar para llamarlas. Heidi no paraba de correr entre los animales, charlando con cada uno de ellos.

De pronto, Copito de Nieve, la más pequeña de las cabras, se puso a balar.

— ¿Por qué gime? —preguntó Heidi.
Pedro se alegraba de contar con la simpática compañía de Heidi en la solitaria montaña, y estaba satisfecho de poder mostrarle todas las cosas que él conocía. Le enseñó una hondonada donde muchas flores de diversos colores ofrecían sus pétalos al sol.
Heidi aceptó encantada, diciendo:

— ¡Sí, sí, abuelo!

—Cuida bien de Heidi —dijo el anciano a Pedro mientras le entregaba una bolsa con el almuerzo de Heidi— Y no dejes que se caiga o se lastime.

Era una mañana muy hermosa. El sol brillaba intensamente sobre las verdes laderas y relucía sobre los picos cubiertos de nieve. Heidi correteaba y brincaba por entre las flores silvestres. Se detuvo para recoger en su delantal unas gencianas de un color azul oscuro, unas delicadas prímulas rojas ... (ver texto completo)
Heidi con su abuelo

Heidi se despertó en su nuevo hogar sintiéndose muy contenta. Entonces oyó fuera un silbido.

Era Pedro, el chico que guardaba las cabras, que había venido en busca de Flor y Mariposa para conducirlas a los elevados pastos de las montañas.

Heidi se vistió con toda rapidez y corrió afuera.

— ¿Te gustaría subir a la montaña con Pedro y las cabras? —preguntó abuelo Anselmo.
Foreros/as buén mes de agosto.
saludos. rs
—Buenas noches, pequeña Heidi —murmuró, inclinándose para besarla— ¡Que descanses!
Anselmo se levantó de la cama, creyendo que tal vez la niña estaría asustada. Pero cuando subió al henil halló a Heidi profundamente dormida, con su sonriente carita apoyada en las manos. Se quedó observándola hasta que unas nubes cubrieron la luna y oscurecieron la habitación.
Durante la noche arreció el viento. Soplaba tan fuerte, que la casita crujía y chirriaba. En el cobertizo de las cabras, Flor y Mariposa, muy juntas, balaban.

Dos grandes ramas de abeto cayeron estrepitosamente sobre la casita.
Mientras el sol se ponía detrás de la elevada montaña y el viento silbaba cada vez más fuerte a través de los árboles, Heidi tomó asiento en el banco frente a la casita y se tomó la leche.

—Buenas noches, Flor; buenas noches, Mariposa —dijo la niña, antes de entrar a acostarse—. Buenas noches, abuelo; buenas noches, Pedro.
preguntó Heidi—. ¿Son nuestras de verdad? ¿Cómo se llaman’ ¿Vivirán siempre con nosotros?

—No tantas preguntas a la vez, Heidi —dijo el anciano—. La blanca se llama Flor, y la marrón, Mariposa. Ahora ve a buscar tu cuenco mientras Pedro ordeña la cabra.
Después de cenar, abuelo Anselmo confeccionó una silla especial para Heidi. Más tarde, cuando empezó a oscurecer y el viento silbaba fuerte por entre los viejos abetos, Heidi oyó un silbido y el murmullo ae unas campanitas. Era Pedro que volvía con las dos cabras de Anselmo.

— ¿Son nuestras esas dos cabras, abuelo?
—Me alegra ver que quieres ayudarme —murmuró el anciano—. Pero no sé dónde vas a sentarte. Esa banqueta es muy baja y no alcanzarás a la mesa.

Total que puso su silla frente a Heidi para que la utilizara a guisa de mesa. Luego le sirvió leche y le dio una rebanada de pan con queso.

Cenaron maravillosamente.
Y extendió sobre la camita un pedazo grande de lino.

—Es muy bonito, abuelo. ¡Ojalá fuera ya de noche para poder acostarme!

—Pero antes tienes que comer algo. Debes estar hambrienta.

El viejo Anselmo bajó la escalera detrás de Heidi. Mientras él preparaba la cena para ambos, Heidi colocó dos cubiertos y dos cuencos de madera sobre la mesa.
—Eso está bien —dijo a la niña—. Pero necesitarás un poco más de heno para no sentir el suelo duro.

—Creo que has olvidado una cosa —dijo Heidi.

— ¿Ah, sí? ¿Qué?

—Pues que necesitaré un cobertor, porque cuando me acuesto necesito cubrirme con algo, ¿no?

—Es verdad —dijo el anciano cariñosamente— ¿Te sirve esto?
En la pared había un agujero redondo, y a través del mismo Heidi podía divisar el valle. Veía el río, los árboles y, si levantaba la vista, una montaña coronada de nieve que se alzaba majestuosa. —Creo que dormiré aquí arriba, abuelo —dijo— ¡Esto es estupendo! —Muy bien, pero vas a necesitar una sábana. Veré qué encuentro.

Cuando el anciano subió la escalera, vio que Heidi había formado un pequeño colchón con el heno.
Heidi obedeció y entró en la casa detrás del anciano. No había más que una habitación amplia y desnuda, con una sola silla, una mesa, un hogar y un gran armario de madera.

— ¿Dónde dormiré yo, abuelo? —Donde quieras. No me importa. Heidi estaba entusiasmada y se puso a buscar un sitio donde dormir. En un rincón vio una escalera apoyada contra la pared. Subió por ella y descubrió un henil.
Adela no se lo hizo repetir. Se despidió apresuradamente de Heidi y se alejó a toda prisa.

Cuando Adela hubo desaparecido de la vista, abuelo Anselmo volvió a sentarse y siguió fumando su pipa.

—Y bien —dijo—. ¿Qué quieres?

—Me gustaría ver la casa por dentro, abuelo.

—Pues andando, y tráete la ropa.
... (ver texto completo)
Aunque el viejo le intimidaba, estaba resuelta a dejar a Heidi con él.

—Espero que cuides bien de ella —dijo—. Y si tú no puedes hacerlo, tendrás que buscar a alguien que lo haga.

Tío Anselmo estaba furioso.

— ¡Márchate! ¡Fuera de aquí!

No soporto a las personas como tú.

No quiero volver a verte más por aquí. ... (ver texto completo)
—Hola, tío —dijo Adela—. He traído a la pequeña Heidi para que se quede a vivir contigo. Yo no puedo ocuparme más de ella. Ahora te toca a ti.

Los ojos de tío Anselmo lanzaban chispas.

— ¿Que me toca a mí, dices? ¿Y qué sé yo de cuidar a una niña? Y tú, Pedro ¿qué estás mirando? ¡Largo de aquí, y llévate las cabras!
—Hola, abuelo —dijo, tendiéndole la mano.

— ¿A qué viene todo esto? —inquirió el anciano. Luego estrechó bruscamente la mano de Heidi y la miró por debajo de sus pobladas cejas. La niña, que nunca había visto a nadie parecido al abuelo, se quedó absorta mirando fijamente su arrugado rostro cubierto por una enmarañada barba canosa.