Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

Llegado al lugar adecuado, se puso a talar un árbol; pero, no había transcurrido mucho tiempo cuando, dando un mal golpe, se clavó el hacha en el brazo y tuvo que regresar a casa para que le curasen la herida. Esto no había sido un simple accidente, pues había sido provocado por el hombrecillo de pelo canoso.
Y, dejando al hombrecillo allí plantado, siguió su marcha.
-Si te doy parte de mi tortilla y de mi vino, no tendré suficiente para mí ¡Apártate de mi camino!
Pero el hijo, que era un listillo, le contestó:
-Dame un trozo de la tortilla que llevas en el canasto y déjame beber un poco de vino; tengo mucha hambre y estoy sediento.
Un día el hijo mayor debía ir al bosque a cortar leña; su madre le preparó una exquisita tortilla de patatas, añadiéndole una botella de buen vino de la tierra, para que no pasase ni hambre ni sed. Al llegar al bosque se tropezó con un viejo hombrecillo de pelo canoso, que le dio los buenos días y le dijo:
La oca de oro

Había una vez un hombre que tenía tres hijos. Al más pequeño lo llamaban Tontorrón y era menospreciado por todos; se reían de él y le daban de lado a cada momento.
A partir de ese día, Gorgu pudo conciliar fácilmente el sueño todas las noches.
La sequía terminó, Jabula fue aclamado como rey y la valiente Tombi se convirtió en su esposa.
Luego, Tombi entró en la oscura y pestilente cueva y acarició suavemente la cabeza de Jabula. El chico estaba muy débil a causa del hambre, pero seguía vivo. Triunfantes, las jóvenes lo transportaron con sumo cuidado hasta la cabana de Gorgu. Cuando los pájaros vieron que Jabula había regresado junto a su tribu, llamaron a las nubes para que trajeran la lluvia.
Las chicas rieron hasta caer al suelo. Nunca habían visto a unos hombres tan ridículos y asustados.
Los guerreros lanzaron un grito de temor. ¿Quiénes eran aquellas criaturas que les desafiaban? No se atrevían a preguntar nada. Arrojaron sus lanzas al suelo, pasaron corriendo junto a las jóvenes y huyeron hacia las lejanas colinas. Jamás volvieron a ser vistos.
Furioso, el hermano mayor salió precipitadamente de la cueva. Mas lo único que pudo distinguir a la luz del amanecer fue unos rostros grotescos, huesos blancos y plumas. Visiblemente espantado, llamó a sus hermanos para que se reunieran con él. Luego, ocultándose los unos con los otros, salieron los guerreros de la cueva. Tombi y las demás muchachas se pusieron a gemir y a gritar de una forma horrible. Agitaron sus faldas de plumas y patearon el suelo con sus pies pintados de blanco.
Por toda respuesta, Tombi y las demás muchachas lanzaron un violente grito de guerra.
— ¿Qué es esto? —gritó el hermano mayor—. ¿Quiénes son?
— ¡Salgan, cobardes! ¡Doce hombres para custodiar a un muchacho! Salgan, veamos si son capaces de luchar contra nosotras.
Comenzaba a clarear el día cuando, de pronto, un espantoso alarido despertó de su sueño a los doce hermanos, quienes tomaron sus lanzas.

Acto seguido, una voz capaz de helarles la sangre se oyó en la tenue luz del amanecer:
Al llegar junto a la cueva donde sus doce hermanos tenían secuestrado a Jabula, las chicas formaron un círculo en torno a la entrada. Tombi permaneció en el centro.
Inmediatamente, las jóvenes se reunieron detrás de los corrales. Riendo a la luz de la luna, comenzaron a vestirse con horrendas máscaras. Pintaron extraños dibujos en sus brazos y piernas y se pusieron unas faldas hechas con afiladas plumas. Luego, agachadas, avanzaron rápidamente y en silencio por entre los tallos de las hierbas, siguiendo a Tombi hacia las colinas.
Pero Tombi era una chica muy valiente y lista, descendiente de un ancestral linaje de guerreros. Era la jefe de todas las jóvenes y convocó a sus compañeras para la batalla. Desde que Jabula fue secuestrado por sus hermanos, Tombi había estado haciendo planes para rescatarle. Su primer paso consistió en dirigirse sigilosamente a cada una de las chozas, despertando a sus amigas.
Naturalmente, Gorgu no creía que Tombi tuviera un plan. No era más que una niña y nada podía hacer para ayudar a Jabula.
—Pues guarda tu secreto y recibe mi bendición, hija mía. Ahora vete, necesito dormir.
La anciana sonrió a la muchacha y dijo:
—Tengo un plan, Gorgu. Debo guardarlo en secreto, pero quiero tener tu bendición.
—Así que estás harta de todo esto, hija mía. Yo también. ¿Y qué te propones hacer?
—Escúchame, Gorgu. Quiero que Jabula vuelva a casa. Estoy cansada de la tristeza que reina en esta tribu. Estoy cansada de la sequía. ¿Has notado, Gorgu, que desde que murió el anciano rey han cesado las lluvias? Yo he oído a los pájaros decirles a las nubes que no deben acercarse hasta que Jabula sea rey.
Tombi era una joven alta y hermosa que quería mucho a Jabula.
—Chitón, gran madre, no temas. Soy yo, Tombi.
— ¿Quién anda ahí? —preguntó.
Mientras permanecía despierta, abrumada por sus pensamientos, Gorgu oyó suaves pisadas en su cabaña.
Gorgu volvió a suspirar. Sus doce hijos se negaban a regresar a casa y permanecieron en la cueva donde tenían secuestrado a Jabula, a quien mataban de hambre. Ningún hombre se atrevía a luchar contra ellos, pues eran los príncipes de la tribu y unos guerreros muy poderosos.
Pero sus hermanos, envidiosos de ese muchacho hermoso y prudente, se negaban a creer en los signos o a escuchar a sus mayores. Su ira les había llevado a secuestrar a Jabula y a escaparse con él a las lejanas colinas.
El viejo rey, su marido, había muerto dejando tan sólo problemas. Tenía trece hijos, y tras su muerte, los chicos se habían peleado reivindicando cada uno su derecho a ser rey. Gorgu suspiró al pensar en sus díscolos hijos. Todos los presagios, los huesos examinados por los hechiceros, la posición de la luna y las estrellas la noche en que falleció el rey, el rugido del león y el canto de los pájaros, todos estos signos exigían que Jabula, el hijo menor, fuera el rey.
La muchacha guerrera

Eran tiempos tristes para la tribu

Gorgu, la gran madre de la tribu, suspiró en la noche, agitando su enorme cuerpo.
Armados de valor, se acercaron de forma decidida, arrancaron la piedra gigante y la alzaron. Entonces, en el tiempo que puede transcurrir entre unos pocos segundos, un diminuto rostro, sonriente, feliz y hermoso, los observó desde el fondo del agua oscura, mirando firmemente hacia arriba. La luz se hizo más y más intensa, y regresó tan repentina y brillante, que se vieron obligados a retroceder cegados. Cuando recobraron la vista, había Luna Llena en el cielo, más preciosa, bella e iluminada que ... (ver texto completo)
Tan enigmáticas palabras tuvieran efecto al momento, y los humanos del pantano, todos juntos, siguieron al pie de la letra las exhortaciones de la mujer sabia. Nada los detuvo, pese a sufrir escalofríos, ruidos, sonidos extraños, el ulular del viento, roces con algo espeluznante, humedad… Sin saberlo, se aproximaban al retorcido saliente que aferraba a la luna y la enterraba. Repentinamente, todos se detuvieron, temblorosos, porque vieron una gran roca en medio del agua, como una suerte de extraño ... (ver texto completo)
“Adentraos en el pantano, sin miedo alguno, y sin mediar palabra hasta que regreséis hasta vuestras moradas. En lo más hondo de la ciénaga hallaréis un ataúd, una vela y una cruz. No lejos estará aquello que tanto anheláis, y entonces puede que lo encontréis”.
Esta nueva pista, que nadie saltó por alto, llegó a oídos de la mujer sabia que habitaba el molino, quien volvió a consultar según sus menesteres. Ella les habló a todos de oscuridad, tan profunda que poco podía intuir. No obstante, un consejo sí les dio, y fue el de acudir a buscarla por los pantanos todos juntos, con fe. También les indicó que lo hiciesen antes de que la noche se cerniese, con una piedra en la boca y una rama de avellano en la mano, en silencio absoluto. Y también les dijo:
Alguna pista necesitaría…
Los lugareños hicieron batidas, buscando por los caminos. Días vinieron y se fueron, sin que la Luna apareciese. Los rumores corrían de un lado para otro, y las lenguas eran más malas que nunca. Todos aseguraban haber escuchado algo, pero nadie sabía nada. De casa en casa, y en las tabernas. Así pues, un día, en una posada, un hombre que no era del lugar, cauteloso y mientras escuchaba fumando a los allí presentes, reclamó su atención: “ ¡Compañeros! Aunque mi memoria es ... (ver texto completo)
El ciclo volvía a empezar, y los lugareños ya esperaban con anhelo a la Luna Nueva, quien tanta luz les daba por la noche y los llenaba de jolgorio y felicidad. Celebraban festividades por ella y por su apoyo para ahuyentar fantasmas y malos augurios… Pero los días pasaron y pasaron y la Luna Nueva no llegaba. Descorazonados, los habitantes del lugar fueron a pedir consejo a la Sabia del Molino, preguntando si sabría dónde podía estar la Luna. La vidente consultó su espejo, su libro de hechizos e ... (ver texto completo)
Pero no todo estaba perdido, puesto que el amanecer se aproximaba y los bichos, conscientes de ello, se apresuraron en capturar de forma segura a la Luna. Las criaturas se aferraron, con sus horribles dedos, y algunos colocaron una enorme piedra sobre ella, para evitar que se alzara sobre el cielo. Los más fantasmagóricos, además, acordaron turnarse en vigilarla para que no escapase. La Luna, desesperanzada, no podía pensar en quién podría salvarle o quién se acordaría siquiera de ella, quien tanto ... (ver texto completo)
Los cuerpos embrujados clamaron en contra de quien los había despojado de sus hechizos, mientras que las criaturas más horrorosas se quejaban frente a quien les había hecho morar en los rincones. Confabulados, gritaron y gritaron, haciendo burbujear las aguas y sacudiendo las matas. La querían ver muerta a la Luna todos aquellos seres indignos, y por ello demandaron envenenarla, ahogarla y hacerla sufrir. La pobre Luna, atrapada, deseaba estar muerta.
Desaparecido el hombre, la Luna fue consciente de nuevo de su situación, y siguió peleando su vida, esta vez todavía más intensamente que antes. Se retorció, jadeó, gritó, como si estuviese tornándose loca, sin conseguir librarse del gancho que la tenía atrapada ni lo más mínimo. Rendida la Luna, cayó de rodillas, y sobre ella su manto negro, que volvió a llenar el pantano de oscuridad, invitando a las maléficas criaturas que lo habitaban a campar de nuevo. Ellas, ya sapientes que la Luna las había ... (ver texto completo)
La dicha del hombre fue tal que dio saltos de alegría al ver la luz de nuevo. Al tiempo, los seres más diabólicos que habían brotado de la oscuridad se ocultaron. Y tal fue el ansia del hombre por huir del mal, que corrió y corrió para irse de allí, prestando nula atención a la fuente de luz que lo había salvado. La Luna, que tanto se había regocijado de salvar al hombre, había olvidado por completo que ella misma estaba en serios problemas.
Temblorosa, esperando ayuda, oyó sonidos lejanos, que parecían reclamar ayuda. Sonidos que murieron como sollozos, transformados en llantos lastimeros. El silencio se hizo por segundos, hasta que se rompió por el ruido de unos pasos que se acercaban hacia ella, aplastando barro y cañas. La Luna, desde lo lejos, pudo avistar un rostro de grandes ojos sumidos en el horror.
Era la faz de un hombre que se había perdido en los pantanos y que, muerto de miedo, había intentado seguir un rastro de luz ... (ver texto completo)
Asustada ella misma, se ciñó la capa más fuertemente, y se estremeció. Pero no se fue, porque sabía que no había visto todo lo que quería. Así continuó, rauda como el viento de verano, de penacho en penacho, sobre los inquietantes pozos de agua infinita… ¡Catapún! De un resbalón, la Luna se vio abocada al hundimiento en un pantano negro, deslizándose lentamente hacia su interior, ante lo que no pudo hacer nada. Y vaya si lo intentó, puesto que se agarró a un saliente, el cual no obstante se retorció ... (ver texto completo)
La Luna aprovechó el final de mes, en su ciclo, y decidió envolverse en un manto y capucha negros, para así tapar su cabellera amarilla. Y, de esta guisa, bajó directa al pantano a echar una ojeada. El paisaje era el típico: agua por doquier, musgo burbujeante, matas que balancean y salientes retorcidos… Pero todo era oscuridad. Todo, claro, excepto por las estrellas y sus propios pies, los cuales no podía ocultar.
Todos sabemos la bondad que la Luna alberga, puesto que, en vez de descansar merecidamente igual que todos nosotros, brilla por la noche para guiarnos en la oscuridad. Es por ello que siempre estuvo segura de no dejar de iluminar el mundo. No obstante, la luna también era curiosa, y quiso comprobar por sí misma si la noche albergaba horrores como los lugareños decían…
La luna enterrada

Hace mucho mucho tiempo, mucho antes de los tiempos de nuestros abuelos, en la región inglesa de los Carland, todo eran pantanos, charcos de agua negra y chorros ascendentes de agua verde y musgos blandos que salpicaban cuando los pisabas sin querer. Como bien decían todos los hombres del lugar y de aquel tiempo, y se ha ido contando, hubo una vez en que la luna fue enterrada y muerta. Pero, normalmente, la luna salía día tras día, y brillaba tanto que uno se sentía igual de ... (ver texto completo)
Buen fín de semana y si tenemos tiempo pasaremos por las librerías.

Aunque con el buén tiempo que hace, creo que iremos de hongos, jejeje.
Saludos. rs