Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

A estas alturas, la Señora Carpintero ya se había tranquilizado, y estaba consternada por haberle hablado de forma tan brusca. –Por favor, discúlpame –dijo –Estaba tan asustada que no sabía lo que decía. Te lo agradezco infinito, y si algún día necesitas una amiga, házmelo saber y haré todo lo que pueda para ayudarte. Cola de Seda no se detuvo a hablar más rato. Sabía que cada vez estaba más cerca de la fiesta, así que se apresuró.
CAPÍTULO IV

– ¡Cielos! ¡Te has salvado de milagro! –exclamó Cola de Seda, deteniéndose junto a un diminuto pájaro carpintero que había caído al suelo –Tu madre debe ser muy descuidada para dejarte caer. –No –contestó el pequeñín –, Madre ha ido a buscar comida, y yo jugaba demasiado cerca del borde del nido y me caí. En ese momento llegó la madre del pájaro carpintero, y alarmada porque les hubiera sucedido algo a sus bebés, se lanzó volando contra Cola de Seda, mientras gritaba: – ¿Qué haces ... (ver texto completo)
Dile a tu madre que te ponga un poco de árnica en la cola, y verás como deja de dolerte –y se perdió de vista –Debo darme prisa –pensó –, no me gustaría llegar tarde a la fiesta.
La Señora Ardilla siguió a Cola de Seda por el camino durante un rato, hasta que al volver un recodo, la pequeña se volvió, agitó la mano como despedida y se perdió de vista. La Señora Ardilla suspiró mientras volvía a casa, esperando que todo le saliera muy bien a su hijita aquel día. La propia Cola de Seda estaba encantada, y después de despedirse de su madre, su mente se llenó de las cosas agradables y ricas que sabía que iba a encontrar en la fiesta. Sus ojitos pardos parecían bailar mientras ... (ver texto completo)
Ya sabes que la vieja Gata Atigrada adora cenar ardillitas, y le dará lo mismo que lleves tu mejor vestido de fiesta. Los gatos a veces son tan taimados… –añadió.
CAPÍTULO II

El día de la fiesta, después de comer, la Señora Ardilla lavó, cepilló y peinó a Cola de Seda hasta que le dolió, y pensó que tendría que dar un grito o dos. Después la vistió con uno de los vestidos más bonitos que había visto en su vida. Cola de Seda tenía incluso unos zapatos nuevos con grandes lazos rosas. –Tienes que estar a la altura, cariño –dijo la madre, mientras le ataba los cordones de su lindo sombrero

–y además

–insistió, mientras le besaba por vigésima vez al menos

–, ... (ver texto completo)
Sabía que algunas pícaras ardillas remolonas jugaban durante todo el verano, y cuando llegaba el frío, sus pobres bebés lloraban a veces porque tenían hambre. No es que ella no ayudase a la gente que estaba en apuros, porque era una madre buena y compasiva, pero sabía por experiencia que las ardillitas que no trabajaban recogiendo nueces cuando estaban al alcance de todos, se servían de los almacenes de los demás si tenían la ocasión. Un día, mientras la Señora Ardilla estaba planchando unas ropitas ... (ver texto completo)
Las aventuras de Ardilla Cola de Seda

CAPÍTULO I

Érase una vez una bella isla situada en el centro de un enorme lago, donde vivía, en el corazón de un viejo roble, una familia de ardillas. En total eran tres: Padre, Madre y Cola de Seda, y eran la familia más feliz que se puede imaginar.
El Padre Ardilla trabajaba mucho durante todo el día, recogiendo y guardando nueces para que hubiera suficiente comida en la despensa cuando llegara el invierno, y si Madre Ardilla no estaba ocupada con las ... (ver texto completo)
Si me he dado cuenta de la foto a la derecha, entonces ayer era el numerito, jejejje

Estos de pueblos de España se aburren, anda y hasta corrigen las faltas del ortografía en el momento que escribes, jejeje que "apañaos"
saludos que hoy hace un sollllllllllllllllll que paqué de güeno.
Sonriendo, Rashida tomó la mano del príncipe y la besó. Ya nunca más volvió a perder la sonrisa y la sencillez. Y los dos príncipes vivieron felices el resto de sus días.
—Entonces iré gustosa contigo.
—Ya te he perdonado —contestó el príncipe suavemente.
— ¿Podrás perdonarme por ser tan orgullosa? —preguntó.
Rashida bajó los ojos, avergonzada.
— ¡Rashida! —la llamó— Cómo lamento el día en que marchaste de mi palacio. ¿Regresarás conmigo?
Al instante reconoció aquella dulce voz, y se volvió para ver a Rashida caminando por entre la gente con una cesta de mangos sobre la cabeza. Aunque parecía muy pobre y desgraciada, estaba tan bella como de costumbre. El príncipe saltó de su caballo y corrió tras ella.
— ¡Mangos, mangos frescos! ¿Quién compra mis hermosos y maduros mangos?
Un día paseaba a caballo por el mercado de una ciudad alejada de su palacio, cuando oyó una voz melodiosa:
En las semanas que siguieron el príncipe se esforzó por mantenerse ocupado y no pensar en Rashida. Mas era inútil. No podía olvidar el momento en que la había visto por primera vez y se había enamorado de ella.
Y sin añadir otra palabra, salió de la habitación.
—Si ya no me amas, no permaneceré en tu palacio ni un instante más —contestó Rashida orgullosamente—. No volverás a verme nunca más.
— ¡Rashida! Has olvidado que una vez te sentiste satisfecha de vender mangos en el mercado. Quizá sería conveniente que volvieras a vender mangos y recobraras el candor humilde de tus ojos.
El príncipe la miró furioso.
—No esperarás que me coma eso, ¿verdad?
En el momento de los postres, tomó un mango de una bandeja de fruta y se lo ofreció a Rashida. Ella lo miró completamente atónita.
En efecto, jamás, jamás sonreía. Pasaron los años y Rashida se convirtió en una mujer a quien el príncipe apenas reconocía. Seguía siendo hermosa, pero se había vuelto orgullosa y altanera. Pretendía que cada día la colmaran de alabanzas y que sus órdenes fueran cumplidas de inmediato. Se mostraba fría y antipática con todo el mundo, incluyendo su marido. Ansioso por verla sonreír de nuevo, el príncipe decidió celebrar su tercer aniversario de boda ofreciendo un gran banquete.
Al principio la pareja era muy dichosa. Mas luego, a medida que pasaron los meses, Rashida empezó a cambiar. Cuando el príncipe le decía lo bella que era y lo mucho que la amaba, ella se encogía de hombros y respondía irritada: —Ya lo sé, ya lo sé. Me repites lo mismo desde que nos casamos.
El príncipe se negaba a prestarles atención, y a los pocos días se convirtió en un hombre casado.
—Pero, alteza —dijeron los cortesanos—, no es posible que queráis casaros con una vulgar vendedora de mangos.
—Accederé encantada —contestó Rashida, y el príncipe mandó que se efectuaran inmediatamente los preparativos para una boda fastuosa.
—Por favor, deja que vea tus ojos, Rashida. Han hecho que me enamorara de ti nada más verte. Tus ojos me decían que tu belleza no te ha hecho orgullosa. Eres la mujer que yo andaba buscando. Me sentiré muy desgraciado si no accedes a casarte conmigo.
—Rashida —respondió con un murmullo.
La muchacha se sentía tan cohibida ante el príncipe, que no se atrevía a mirarle y se quedó con la vista clavada en el suelo.
— ¿Cómo te llamas? —preguntó el príncipe afanosamente.
Ordenó a un cortesano que fuera a buscarla y la trajera a palacio.
— ¡Qué bella es! —suspiró— Aunque anda con la cabeza erguida, su mirada es humilde. Quiero conocerla cuanto antes.
El príncipe, preso de una gran atracción, se asomó a la ventana y vio a una muchacha que portaba una cesta de mangos sobre la cabeza. Parecía muy pobre y vestía ropas harapientas, pero una sonrisa iluminó el rostro del príncipe mientras observaba sus andares airosos a través de la muchedumbre.
- ¡Mangos, mangos frescos! ¿Quién compra mis hermosos y maduros mangos?
De pronto, un buen día, oyó una voz que sonaba dulce y claramente por encima de todas las demás:
Cada mañana el príncipe se sentaba junto a una ventana que daba a la plaza del mercado. De vez en cuando se sonreía al ver los saltos de unos acróbatas o malabaristas, pero por lo general se sentía abatido, escuchando a comerciantes y compradores regateando.
—La respuesta es bien sencilla -contestaba el príncipe con tristeza—. No he conocido todavía a una mujer de quien pueda enamorarme.
—Pero, alteza —decían—, os han presentado a las mujeres más ricas y bellas de la India. ¿Cómo es que todavía no os habéis decidido?
Sus cortesanos no se lo explicaban.
La vendedora de mangos

Erase una vez un príncipe de la India que se sentía terriblemente solo. En búsqueda de una esposa había viajado desde el extremo norte hasta el extremo sur del país. Pero aunque había conocido a muchas mujeres ricas y bellas, que hubieran accedido más que gustosas a casarse con él, siempre regresaba solo a su palacio.
El número que hay a la derecha que pone "visto: 4" etc. que es?
Puede ser los visitantes al foro que lo han leído?
Pero en la fiesta posterior a la boda, el principe le presento a uno de sus hermanos, que era un joven muy apuesto y con muy buen corazón, y después de conocerse durante algunas semanas, la sirenita se enamoró de él, con la gran suerte de que él también se enamoró de ella, en ese momento la princesa le contó su secreto, (se comunicaban a través de cartas) y el joven le dijo que estaba dispuesto a acompañarla al fondo del mar, ella le dijo que lo justo sería que pasaran seis meses del año en el mar, ... (ver texto completo)
Pasados unos días, el príncipe se casó con la bella princesa, que había venido de un remoto país.
Pero como no tenía voz, nada pudo decir.
La sirena hubiera querido gritar, ¡Yo también te quiero! ¡Yo te salvé de morir ahogado!
Ven- le dijo el príncipe después del baile-, quiero que conozcas a mi prometida. Es una princesa muy bonita como tú, y me voy a casar con ella.