Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

Por el camino, se encontró con un perro de caza que estaba medio adormilado en un rincón y le miraba con gesto melancólico.
El borrico advirtió que su amo no seguiría dándole el sustento, así que decidió irse y comenzar una nueva vida.
Los músicos ambulantes

Un hombre tenía un viejo asno que llevaba muchos años trabajando, pero sus fuerzas empezaban a menguar.
El hombre no podía creer lo que veía. Pero estaba muy contento de la suerte que había tenido. Recogió los cincuenta gorros, los volvió a poner en la bolsa y, echándosela al hombro, se marchó a venderlos en la feria.
Los cuarenta y nueve monos que estaban sentados en los árboles vieron lo que había hecho. Así que, todos a la vez, también se quitaron los gorros y los tiraron al suelo.
Estaba tan enfadado por haberse dormido que se arrancó el gorro y lo tiró al suelo, enfurecido.
- ¿Y ahora qué voy a hacer? -gritó-. ¿Qué le diré a mi mujer cuando llegue a casa sin dinero… y sin los gorros?
Al ver lo que había hecho el mono viejo, un monito bajó saltando del árbol. Se acercó con mucho sigilo al hombre, tomó un gorro y regresó al árbol. Lo mismo hicieron otros compañeros del monito con una rapidez increíble. Así que pronto hubo cuarenta y nueve monos subidos a los árboles, parloteando y riéndose. ¡Y todos se habían puesto el gorro colorado en la cabeza! Los monos hacían tanto ruido que el hombre se despertó y vio que la bolsa estaba vacía.
Con mucho cuidado, fue tirando de un gorro hasta sacarlo de la bolsa y se lo puso en la cabeza. Luego volvió a trepar al árbol y se sentó en una rama, riéndose. Ya sabéis que a los monos les gusta imitar a las personas.
Pero el hombre ignoraba que en el bosque vivía una cuadrilla de monos. Después de un rato, un mono viejo se bajó de un árbol y se acercó al hombre dormido.
Anduvo por un camino polvoriento hasta llegar a un bosque. Se sentía tan fresco debajo de los árboles que el hombre tiró la bolsa al suelo y se sentó a descansar. Entonces le entró sueño; sacó uno de los gorros de la bolsa, se lo puso, se apoyó en un árbol y se quedó dormido.
Los gorros colorados

Había una vez un hombre que tenía cincuenta gorros colorados. Su mujer los puso en una bolsa y lo despidió para que fuera a venderlos en la feria.
Seguro que sí, querido- dijo su mujer- como siempre.
-Sencillamente, haré todo lo mejor que pueda- respondió el zapatero.
-Nos hemos quedado sin la ayuda de los duendecillos -dijo riendo la mujer del zapatero-. ¿Qué vas a hacer ahora que viene tanta gente a comprarte calzado?
Y cantando y bailando salieron a la calle por la puerta de la tienda.
- ¡Se acabó el hacer zapatos! ¡Ahora somos gente elegante!
La noche de Navidad, pusieron sobre la mesa estos regalos y se escondieron en el rincón. Hacía un frío tremendo. Los duendecillos salieron tiritando y dando diente con diente; de sus bocas salían humaredas de aliento que se helaba en contacto con el aire. Al principio se quedaron asombrados al no encontrar cuero para coser. Pero luego vieron la ropa y comprendieron que era para ellos. Se la pusieron y empezaron a bailotear, riendo y dando palmadas con las manos ya calientes gracias a sus nuevos guantes ... (ver texto completo)
Al día siguiente, muy temprano, su esposa empezó a coser camisas y pantalones

de una tela abrigada y alegre. El zapatero sacó su aguja más fina y su cuero más blando e hizo un par de lindas botas para cada uno.
-Deberíamos hacerles un regalo para agradecerles sus servicios -respondió el zapatero.
-Pobres criaturas -dijo la mujer-Tanto trabajar para nosotros y… no tienen ni siquiera una camisa y unas botas.
Al dar la medianoche, seis duendecillos desnudos salieron uno tras otro de detrás del reloj. Subieron a la mesa y al momento se pusieron a coser y a martillar, a hacer nudos y a dar lustre. De cuando en cuando paraban para soplarse las manos heladas, para calentarse los pies brincando en el suelo, o para acurrucarse unos contra otros y así combatir el frío del invierno. Tiritaban de la cabeza a los pies.
Así que una noche fría, la víspera de Navidad, el zapatero dejó sobre la mesa el cuero cortado y se escondió con su mujer en un rincón.
- ¿No te gustaría saber quién nos ayuda por las noches? Ya es hora de que lo averigüemos
- ¡Tenemos cuero para toda la vida! -dijo, feliz, la mujer del zapatero- ¡Y viene tanta gente a comprar esos zapatos que casi somos ricos!

Pero el zapatero estaba pensativo
- ¡Qué magnífica hechura! -exclamaban los clientes. Y vinieron de muy lejos a comprarle zapatos. El zapatero vendió a las damas zapatillas de baile, en bonito terciopelo, y botas de montar, largas y relucientes, a los caballeros.
- ¡Es una obra de arte! -dijo el zapatero a su mujer. Los zapatos se vendieron a un precio tan estupendo que esta vez pudo comprar cuero para cuatro pares. Por la noche unas manos misteriosas cosieron los cuatro pares.
Era un par de zapatos tan perfecto que lo vendieron por el doble de dinero. Aquel día el viejo zapatero pudo comprar otra tira de cuero y cortó dos pares de zapatos. De noche los dejó en la mesa y se fue a dormir mucho más contento. A la mañana siguiente encontró los dos pares acabados hasta los mismos cordones con sus remates.
- ¡Fíjate qué maravilla! -exclamó, y se los mostró a su esposa-. ¡Mira qué hermosas puntadas! ¿Quién habrá hecho el trabajo?
A la mañana siguiente, el zapatero se limpió las gafas, enhebró la aguja y buscó los pedazos de cuero. Pero algo increíble había ocurrido. En el centro de la mesa había unos zapatos terminados, perfectos y brillantes hasta la última hebilla. Alguien los había acabado mientras él dormía.
-Tú ya haces lo que puedes -le consoló ella- No se puede pedir más.
-Qué pena que seamos pobres -le dijo a su mujer antes de dormirse.
Se fue a la cama dejando las plantillas ya cortadas en su mesa de trabajo.
Pasó el día entero cortando un calzado con aquella última tira de cuero. Pensaba… “seguramente éste será el último par de zapatos que haré en mi vida, así que me gustaría que fuera el mejor’.
El zapatero sonrió. -Mañana nos preocuparemos.
- ¿Qué vamos a hacer mañana, cuando ya no quede cuero ni zapatos que vender?
El zapatero siguió con su lento y meticuloso trabajo. Y así, pronto se acabó el dinero y se terminaron el ante y las pieles para hacer zapatos. En la mesa sólo quedaba una tira de cuero. Su esposa le preguntó:
-Hago lo que puedo -respondió con tristeza el zapatero-. Mi vista no es tan buena como antes, y mis dedos ya no son tan ágiles.
-Lo sé, querido, pero no queda dinero para comprar más cuero. Vas tan despacito que un par de zapatos te lleva dos días.
El zapatero sonrió: -Claro que podría. Podría cortar el cuero con menos cuidado y dar puntadas más grandes. Pero quiero ofrecer a mis clientes lo mejor de lo mejor. Y eso lleva tiempo.
Los duendes y el zapatero

La mujer del zapatero dijo inquieta a su marido: - ¿No puedes trabajar más rápido, querido?
Hoy es un día triste para Alconchel y muy especialmente para la familia de nuestro amigo y "forero" Francisco Rubio, por el fallecimiento de su hermano Eloy que en Paz descanse. Padre nuestro que estás en los cielos....
Nuestro más sentido pésame para toda la familia y amigos.
Mi más sentido pésame para esta familia.
Un abrazo. rs.
Y en aquel mismo instante, por merced de Dios, recobró la vida, quedando fresca, sonrosada y sana como antes. Contó luego al Rey el crimen cometido en ella por la malvada bruja y su hija, y el Rey mandó que ambas compareciesen ante un tribunal. Por sentencia de éste, la hija fue conducida al bosque, donde la destrozaron las fieras, mientras la bruja, condenada a la hoguera, expió sus crímenes con una muerte miserable y cruel. Y al quedar reducida a cenizas, el corzo, transformándose de nuevo, recuperó ... (ver texto completo)
– Sí, soy tu esposa querida.
A lo que respondió ella:
- ¡No puede ser más que mi esposa querida!
El Rey, sin poder ya contenerse, exclamó:
Vengo esta vez, y ya nunca más».
« ¿Qué hace mi hijo? ¿Qué hace mi corzo?
Y después de atender al niño como solía, desapareció nuevamente. El Rey no se atrevió a dirigirle la palabra; pero acudió a velar también a la noche siguiente. Y dijo la Reina: