Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

Apenas huda dado Lucía unos pasos por el bosque cuando, por arte de magia, entre la nieve, aparecieron rojas y aromáticas fresas. Así pudo llenar su cestillo y regresar a casa. Al contar cómo había hallado las fresas, cada una de sus palabras se convirtió en una moneda de oro.
La joven les entregó el pedazo de pan que iba a ser todo su comida. Conmovidos ante tanta bondad, cada uno de los diminutos seres le concedio un deseo. El primero, que cada día sería más bella; el segundo, que cada una de sus palabras se transformaría en una moneda de oro; el tercero, que el rey se casaría con ella.
– ¡Ayudanos, por favor!- gimió el tercero.
– La nieve nos impide entrar en nuestra casa- alegó otro.
-Tenemos hambre y frío- dijo uno de ellos.
Cuando más angustiada se hallaba la muchacha, surgieron tres enanitos, temblorosos y suplicantes.
La pobre Lucía, con tan escaso abrigo, llegó al bosque completamente aterrorizada. Por otra parte, era invierno y como bien suponía, no existían por allí las fresas.
– ¡Deslenguada! Obedece y calla.
–Señora-respondió la muchacha- Está helado y el papel no me protegerá del frío. Por otra parte, en invierno no hay fresas.
–Ponte este traje y ve en busca de fresas.
Un crudo día de invierno, la madrastra entregó a Lucía un canastillo de mimbre y un vestido de papel, diciendo:
Los tres enanitos

En un bello y lejano pais, un caballero viudo y una señora también viuda, se casaron. Cada uno de ellos tenía una hija y mientras la señora, en ausencia de su esposo, que tuvo que ir a la guerra, mimaba a su propia hija, llamada Melinda, maltrataba sin piedad a Lucía, la hija de su esposo.
El lobo bajó deslizándose por la chimenea y ¡PLAF! cayó dentro de la olla. Entonces se oyó un grito muy fuerte: era el fin del malvado lobo.
Pero el tercer cerdito, que estaba ocupado preparando la sopa en una olla sobre el hogar, avivó el fuego y se puso a escuchar tranquilamente el borboteo de la sopa que hervía.
—exclamaron el primer y el segundo cerditos

—. ¿Qué podemos hacer?
— ¡Dios mío!
Los tres cerditos oían las uñas del lobo arañando el tejado...
“Tres cerditos para cenar”, pensaba. “Qué ricos estarán.” Y empezó a bajar deslizándose por la chimenea.
Buscó una escalera y trepó al tejado de la casa de piedra.
— ¡Caramba con este cerdito! —gruñó el hambriento lobo-. Cree estar a salvo en su casa de piedra, pero hay más de un medio para entrar en ella.
Y eso fue exactamente lo que intentó hacer. Sopló y sopló. Pero por más que soplaba, no logró mover ni una piedra de la casita.
El lobo soltó una carcajada y exclamó: - ¡Entonces, soplaré y soplaré hasta derribar tu casa!
No, no, ¡ni hablar! —chilló el tercer cerdito, y echó el cerrojo a la gran puerta de roble de su casa de piedra.
Cerditos, cerditos, por favor, dejadme entrar -y el lobo pensaba en el sabroso jamón que tomaría para cenar.
El lobo les siguió jadeando y gruñó a través del buzón de la casa del tercer cerdito:
Y eso fue exactamente lo que hizo. La casita de estacas voló por los aires como si se tratara de un vulgar juego de artificio y los dos cerditos huyeron corriendo a la casa de piedra de su hermano.
— ¡Entonces, soplaré y soplaré hasta derribar tu casa!
—chilló el segundo cerdito, y echó el cerrojo a la puerta de estacas.
—No, no, ¡ni hablar!
—Cerditos, cerditos, por favor, dejadme entrar —dijo el lobo a través del buzón, pensando en el jugoso pedazo de tocino que se merendaría.
El lobo le siguió jadeando y llegó a la puerta de la casa de estacas.
Y eso fue exactamente lo que hizo La casita de paja voló por los aires como si se tratara de un frágil pajar, y el primer cerdito fue corriendo V chillando a casa del segundo cerdito.
—gruñó el lobo.
—dijo el primer cerdito, echando el cerrojo a la puerta de paja.
—Cerdito, cerdito, por favor, déjame entrar -dijo un gran lobo negro, que pensaba comerse unas ricas chuletas de cerdo para almorzar.
Un día, al poco de haber terminado el primer cerdito su casa de paja, llamaron a la puerta.
El primer cerdito se construyó una casa de paja. El segundo, una casa de estacas. Y el tercero, una casa de piedra. Le llevó mucho más tiempo construirla que a sus hermanos, pero era más acogedora y confortable.
— ¡Yo también! —dijo el tercero.
— ¡Yo también! —dijo el segundo.
—Yo me construiré una casa para mí solo —dijo el primer cerdito.
-exclamó un día su madre— ¡Debéis marcharos y abriros camino en la vida por vuestros propios medios!
— ¡No tenemos sitio suficiente!
Los tres cerditos

Erase una vez tres cerditos que vivían en una casita con sus padres. Pero a medida que iban creciendo, parecía que la casa se volvía pequeña para darles cabida a todos.
¡Amigo, amigo! Si alguna vez ves a un duende y decides robarle su montón de oro, no se te ocurra quitarle la vista de encima ni un instante… ¡y recuerda la historia de Pat Fitzpatrick y sus tirantes de color rojo!
Resoplando, se detuvo en lo alto de la colina para secarse el sudor. Y entonces vio ante él un espectáculo que le dejó boquiabierto. ¡Pobre Pat! De cada uno de los cardos colgaba un par de tirantes rojos, ¡miles y miles de tirantes rojos! Tenía ahora tantas probabilidades de reconocer el cardo del duende como de reconocer una gota de agua en el mar de Irlanda. ¡Menudo fiasco!
—Con que pensaste que ibas a burlarte de mí, ¿eh? —dijo jadeando—. ¡Pero no has tenido en cuenta la inteligencia de Pat Fitzpatrick!
A Pat eso no le importó. Corrió a su casa y cogió una pala. Era tan pesada que tuvo que llevarla arrastrando hasta la colina.
Pero en cuanto apartó la vista, el duende se esfumó en el aire y desapareció.
Y diciendo esto le quitó los tirantes al duende y los ató alrededor de aquel cardo, para señalarlo. Luego se metió al duende en el bolsillo.
—Ya comprendo lo que te propones —dijo Pat, estrujando al duendecillo hasta que los ojos casi le saltan de sus órbitas— ¡Como hay tantos cardos, crees que no seré capaz de volver a dar con éste!