Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

DON INOCENCIO ENTRA EN CUENCA: 11-11-1943

Efectivamente, el 11 de noviembre de 1943 hizo su entrada en Cuenca, en loor de multitudes el nuevo prelado, pues la diócesis estuvo vacante durante siete años, siendo administrada desde 1939 hasta el citado 1943 primero por el cardenal de Toledo, Isidro Gomá, y a la muerte de éste por Gregorio Modrego, administrador apostólico de Toledo, que sería luego nombrado obispo de Barcelona. Inocencio Rodríguez, que fue consagrado obispo de Cuenca en la Catedral ... (ver texto completo)
La información local la cubría casi en su totalidad la entrada en Cuenca del nuevo obispo, Inocencio Rodríguez Díez, que el día 10 ya había entrado en la provincia, pernoctando en Saelices, en la finca Villa Paz, que era propiedad de la Infanta Paz y que años más tarde adquiriría el matador de toros Luis Miguel Dominguín. (Una finca en la que en la década de los 50 y 70 fue centro de atención de la información social (crónica rosa) con la presencia no ya sólo del matrimonio Domínguín-Lucía Bosé, ... (ver texto completo)
EL CRISTO DE LOS ESPEJOS EN LA IGLESIA DE SAN ANTÓN

Todo parece indicar que la talla del Cristo de los Espejos llegó a Cuenca entre el 9 y el 10 de noviembre de 1943, según se deduce de las notas sueltas del bisemanario “Ofensiva”, del jueves 11 de noviembre de ese año, en la sección “Las horas de Mangana”, que en sus dos primeros notas se puede leer: “Se encuentra en esta ciudad nuestro paisano el laureado escultor Luis Marco Pérez”. En la segunda nota informa. “En la iglesia de San Antón se ... (ver texto completo)
El Cristo de los Espejos y el obispo Inocencio llegaron a Cuenca hace 70 años
20 noviembre, 2013Intrahistoria Conquense, Semana Santa / Banzos y Capirotes

El Cristo de Luz (Vulgo de los Espejos)
El pasado 15 de noviembre la Venerable Hermandad del Santísimo Cristo de la Luz (Vulgo de los Espejos), una de las más antiguas de la Semana Santa de Cuenca, que preside la procesión en “El Calvario” celebró una misa conmemorativa y de acción de gracias al cumplirse los 70 años de la llegada a Cuenca ... (ver texto completo)
Lo había cambiado por otro que decía: “MULAS ¡NO!”
El tendero regresó a la tienda, que Golo había dejado toda revuelta, y empezó a poner orden.

Mulas, no

Volvió a colocarlo todo en su lugar, barrió los trozos de vidrio y cuando acabó, la tienda presentaba casi el mismo aspecto que antes, salvo un detalle: el rótulo que había en la puerta.
No os hagáis los locos y cargad pronto los troncos.

El jefe está que trina y hay que darse prisa.
Al poco rato iba tocando alegremente, y Golo se puso a trotar al compás de la canción de los leñadores:

El jefe está que trina y hay que darse prisa.
El tendero corrió tras ellos hasta quedarse sin aliento, y cuando Fabián vio que había dejado de perseguirlos, mandó a Golo que aminorara el paso. Entonces sacó la flauta e improvisó algunas notas.
Montó sobre Golo de un salto y le gritó: “ ¡A casa!” Pero no hacía falta que le diera la orden, pues el animal ya se había lanzado a galope tendido.
Fabián se quedó de una pieza cuando vio a Golo salir disparada por el escaparate. La flauta salió despedida por los aires y el mismo Fabián la cazó al vuelo. En medio del desbarajuste comprendió que lo mejor era largarse de allí lo más pronto posible, llevándose la flauta consigo.
Entonces entraron unos hombres a por Golo y trataron de sacarla fuera. Como gritaban mucho, Golo pensó que lo mejor era salir de allí rápidamente.
Conque dio un par de coces y se lanzó a través del cristal del escaparate.
Las mujeres que había en la tienda se pusieron a chillar y Golo empezó a sentirse asustada. Pero se acordó de depositar el dinero frente al tendero.
Irás tú a la tienda a comprarme la flauta.

Pero Golo no había entrado nunca en una tienda, y derribó un frasco de caramelos con el rabo, sus orejas se engancharon en un abrigo y sus cascos atronaron sobre el suelo de madera.
Fabian deseaba aquella flauta más que ninguna otra cosa en el mundo, y se puso a pensar en la forma de conseguirla. Entonces dijo a Golo:

—Tú eres blanca; bueno, salvo tu nariz, que es rosa, pero no creo que vaya a fijarse en eso.
— ¿Es que no has leído lo que pone? —preguntó el tendero—. Pues pone: NEGROS ¡NO! Aquí sólo atendemos a los blancos. —Y volvió a meterse en la tienda; dejando a Fabián en la calle.
El tendero se quedó asombrado de ver a Fabián entrar en su comercio, y antes de que pudiera pedirle la flauta, lo tomó por el brazo y le indicó el rótulo que había sobre la puerta.
Se pasaban el día entero talando árboles, arrastrando los troncos y cardándolos en los camiones. Cuando el ultimo camión había salido para el aserradero, Fabián y Golo se iban al río para lavarse. Mientras nadaba en las límpidas aguas, Fabián pensaba con ilusión en el día en que sería lo bastante mayor para ir a Río Rosa.
Su padre envió a Fabián a darse una vuelta por la ciudad mientras él y su madre iban de visita. Fabián conducía a Golo por la bulliciosa calle y no paraba de mirar a su alrededor, sobre todo los escaparates de las tiendas. En la vitrina de una tienda vio una flamante y reluciente flauta. Sus ojos se le iban una y otra vez hacia ella. Al fin sacó el dinero que había ahorrado para la excursión y entró muy decidido en la tienda para comprar la flauta.
Su padre accedió y se pusieron en marcha. Los padres iban delante, seguidos por Fabián y Golo.

Al llegar a Río Rosa, Fabián se quedó pasmado, y hasta un poco asustado, al ver tanta gente, tiendas, coches y bicicletas. Golo también se llevó una sorpresa.
Los padres de Fabián decidieron ir a Río Rosa y dijeron a su hijo que podía acompañarles. Entonces Fabián recordó que Golo tampoco había estado nunca en Río Rosa, y pidió permiso a su padre para llevar a su muía.
El jefe está que trina y hay que darse prisa.

Luego, el jefe se montaba en el asiento del conductor y el camión partía a toda velocidad hacia Río Rosa.

Por fin llegó el gran día.
Mientras los hombres le quitaban los arreos a Golo y cargaban los troncos en los camiones canturreaban, y Fabián, una vez recuperado el resuello, les acompañaba tocando la flauta:
A Fabián le divertía mucho arrastrar los troncos cuesta abajo hasta donde estaban los camiones esperando. Pero cuando el camino se hacía cuesta arriba, él y Golo tenían que realizar grandes esfuerzos para tirar de los pesados troncos.
El padre de Fabián era leñador, y cada día él y otros leñadores tenían que cortar los árboles altos que había señalado el jefe. Luego enganchaban los enormes troncos a los arreos de Golo y Fabián conducía a la muía hasta la carretera, donde aguardaban los camiones para transportar los troncos a un aserradero de Río Rosa.
A los leñadores les gustaba esa canción porque su melodía era muy alegre, y hasta el jefe se sonreía al oírla.
Ojalá que bese la coronilla del jefe.
El árbol es muy alto, deber nuestro es talarlo.
Todas las mañanas, después del desayuno, Fabián, su padre y Golo iban a trabajar al bosque. Por el camino Fabián tocaba la flauta, que él mismo había hecho con una caña. Le gustaba tocar la canción favorita de los leñadores, que decía así:
Mulas, no

Fabián vivía al lado de una charca de un ancho y profundo río en Sudáfrica. Habitaba en un poblado con sus padres y su muía, que se llamaba Golo. Golo era una muía completamente blanca, a excepción del morro, que era rosa. Su color contrastaba con la piel negra de sus dueños.
Marta puso su cabeza en el pecho de su madre, sonrió y feliz se dispuso a dormir
“ ¡Por Dios como has crecido entonces. ¿Cuándo ha ocurrido esto? Tenemos que apuntar en la pared tu altura y consultar cada poco tiempo, pues estas creciendo como un gigante.”
“No puedo, estoy tocando la pared.”
“Muévete un poco,” dijo mamá, dándole un empujón a Marta con su trasero.
Los dos se rieron y se metieron en la cama de Marta juntas, abrazadas bajo el edredón. Era acogedor, pero un poco apretado.
“Estoy empezando a sospechar que la hierba del acuario es buenisima ¿no crees?”
“ ¿Pero de dónde ha salido?”
Allí, escondido en la curva del arco, perfectamente oculta en la piedra oscura, estaba sentado el pequeño caracol. Y sorprendentemente junto a él habia otro caracol de agua, incluso más pequeño que él.
“ ¿Qué?” Marta cogió la lupa y miro donde su madre estaba señalando.
“ ¡Ajá!” Mamá de repente gritó.
Se sentaron una junto a la otra y empezaron a mirar por todas las partes del acuario, en las esquinas entre las grandes piedras, en la grava y la espiga de agua
“He recordado que papa tiene esta lupa gigante para ver bien su colección de sellos”, dijo. “Extra de gran alcance, para la caza del caracol”. Marta sonrió a su madre y saltó de la cama rápidamente..
La puerta del dormitorio se abrió y la cara de mamá apareció. Marta trató de ignorarla, pero era difícil cuando se acercó a la cama y se sentó junto a ella. Estaba sosteniendo una enorme lupa en sus manos.
“Nada en absoluto. Pero se hace más difícil de encontrar que si fuese grande.”

Marta salió corriendo de la habitación y se fué a su cuarto con lágrimas en los ojos, tumbandose en la cama.
“Nada en absoluto. Pero se hace más difícil de encontrar que si fuese grande.”
“ ¿Qué hay de malo en ser pequeño?”
“No lo he hecho. Tuve mucho cuidado. Pero es muy pequeño.”
“Lo has aspirado ¿verdad,” dijo ella con un tono de voz y una cara que denotaban su enorme enfado.
“Ya aparecerá no te preocupes, es muy pequeño y se puede esconder en cualquier sitio.” fue todo lo que dijo. “Ahora a la cama Marta. Tengo montañas de trabajo que hacer para ponerme al día.”
Bajó las escaleras, su madre estaba en el estudio, rodeada de papeles. Tenía sus gafas puestas y el pelo todo revuelto en el lugar donde había estado pasando sus manos, se notaba muy concentrada. Marta le dijo que seguía sin ver al caracolito y que estaba muy preocupada.