Atendíamos a unos clientes mientras ellos, sentados en el escalón de la acera, daban cuenta de sus bollos con chorizo, pan y mortadela; el compañero cedió la bota de vino para que mi padre bebiera y, al pronto se levantaron, sacudieron las migas de sus ropas; cada cual se echó el chaquetón al cuerpo y sacó de un bolsillo el chambergo, lo encasquetó en su cabeza. Con un ademán de manos nos despidieron desde fuera. Ya nos limpiaron a conciencia nuestro rellano y, con sus trajes tormenta verde, van ... (ver texto completo)