EDITAR UN LIBRO
De cuanto pude sujetar en mi historial de infancia, recuerdo alguna casilla cerca del corral del concejo en donde metía mi padre dos vacas: la una se llamaba hierba y la otra ligera. La mejor leche que probé nunca vino a mi casa en una calderilla, la hirvieron en una gran cacerola y, cuando la nata asomaba en la superficie, metí el dedo goloso en ella ¡Qué grueso espesor tenía! ¡Qué rebanadas de pan con ella! Azucarada golosina de almuerzo, cómo fueron aquellos bocados ricos de ... (ver texto completo)
De cuanto pude sujetar en mi historial de infancia, recuerdo alguna casilla cerca del corral del concejo en donde metía mi padre dos vacas: la una se llamaba hierba y la otra ligera. La mejor leche que probé nunca vino a mi casa en una calderilla, la hirvieron en una gran cacerola y, cuando la nata asomaba en la superficie, metí el dedo goloso en ella ¡Qué grueso espesor tenía! ¡Qué rebanadas de pan con ella! Azucarada golosina de almuerzo, cómo fueron aquellos bocados ricos de ... (ver texto completo)