III
Al día siguiente, los pacíficos monjes de la abadía de Fitero, a quienes el hermano lego había dado cuenta de la extraña visita de la
noche anterior, vieron entrar por las
puertas, pálido y como fuera de sí, al desconocido romero.
— ¿Oísteis, al cabo, el Miserere? —le preguntó con cierta mezcla de ironía el lego, lanzando a hurtadillas una mirada de inteligencia a sus superiores.
—Sí respondió el músico.
— ¿Y qué tal os ha parecido?
—Lo voy a escribir. Dadme un asilo en vuestra
casa —prosiguió,
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