Desde este lado de la pantalla hay un ignorante, si no tengo problema en reconocer mi supina ignorancia en todos y cada uno de los órdenes de la vida o existencia.
Veamos, la Constitución española habla de los derechos de todos y cada uno de los españoles a tener o poseer vivienda digna (no dice los m2), pero si digna, para lo que a unos les parecerá digna a otros le parecerá un cuchitril, indigno de sus ilustrísimas personas o personalidades.
Y claro, nosotros nos agarramos a un clavo ardiendo, a lo que nos conviene y cuando nos conviene, sin mirar razones o razonamientos, y somos los primeros en subirnos a la carreta y exigir que esta se ponga en marcha, sin pensar que para que esa carreta se ponga en movimiento, alguien ha de halar de ella o empujarla.
Muchos españoles se sienten con el derecho de…., con todos los derechos y ninguna obligación, pongamos un ejemplo. El estudiante que ha terminado su carrera universitaria o está a punto de concluirla, dice o se atreve a decir que ahora le corresponde (por derecho constitucional) que la Nación le proporcione ese otro bien, la vivienda, digna y confortable.
Por supuesto también tiene derecho a Seguridad Social, u hospitales y medicinas, pero este sujeto no se ha detenido a pensar de donde salen esos gastos, y cual es la razón justa y necesaria para que esta Nación haya de correr con esos costos.
Primero la Nación sufragó con los erarios públicos su escolarización primaria, después secundaria y posteriormente universitaria, (eso tiene un coste enorme por individuo) y ese derecho lo ejerce, a veces abusando pasando los años ocupando plaza y sin resultados, con lo cual se está estafando a la Nación y a los que no tienen cupo.
Y después con otros erarios pretende (porque es su derecho) que se le sufrague esa vivienda digna.
¿Dónde queda el equilibrio razonable? El subirse a la carreta debe tener un orden estricto, tan estricto que debería estar regulado en la constitución Española y Europea, pero tan bien redactado que no hubiere posibilidad de interpretaciones, correcciones, abusos u otras triquiñuelas para salirse por la tangente, o leer diego donde dice digo.
Para poder recibir, y tener ese derecho, hay la obligación de aportar, o sea tirar o empujar la carreta.
(.(.).). ... (ver texto completo)
Veamos, la Constitución española habla de los derechos de todos y cada uno de los españoles a tener o poseer vivienda digna (no dice los m2), pero si digna, para lo que a unos les parecerá digna a otros le parecerá un cuchitril, indigno de sus ilustrísimas personas o personalidades.
Y claro, nosotros nos agarramos a un clavo ardiendo, a lo que nos conviene y cuando nos conviene, sin mirar razones o razonamientos, y somos los primeros en subirnos a la carreta y exigir que esta se ponga en marcha, sin pensar que para que esa carreta se ponga en movimiento, alguien ha de halar de ella o empujarla.
Muchos españoles se sienten con el derecho de…., con todos los derechos y ninguna obligación, pongamos un ejemplo. El estudiante que ha terminado su carrera universitaria o está a punto de concluirla, dice o se atreve a decir que ahora le corresponde (por derecho constitucional) que la Nación le proporcione ese otro bien, la vivienda, digna y confortable.
Por supuesto también tiene derecho a Seguridad Social, u hospitales y medicinas, pero este sujeto no se ha detenido a pensar de donde salen esos gastos, y cual es la razón justa y necesaria para que esta Nación haya de correr con esos costos.
Primero la Nación sufragó con los erarios públicos su escolarización primaria, después secundaria y posteriormente universitaria, (eso tiene un coste enorme por individuo) y ese derecho lo ejerce, a veces abusando pasando los años ocupando plaza y sin resultados, con lo cual se está estafando a la Nación y a los que no tienen cupo.
Y después con otros erarios pretende (porque es su derecho) que se le sufrague esa vivienda digna.
¿Dónde queda el equilibrio razonable? El subirse a la carreta debe tener un orden estricto, tan estricto que debería estar regulado en la constitución Española y Europea, pero tan bien redactado que no hubiere posibilidad de interpretaciones, correcciones, abusos u otras triquiñuelas para salirse por la tangente, o leer diego donde dice digo.
Para poder recibir, y tener ese derecho, hay la obligación de aportar, o sea tirar o empujar la carreta.
(.(.).). ... (ver texto completo)