José Mª Aznar, presunto especulador
PARA unos cuantos españoles José Mª Aznar es la contrafigura del Rey Midas y todo lo que toca lo convierte en basura. Ignoran prácticamente todo sobre los hedge funds: no saben cuál es su función, ni su tamaño, ni su actividad, pero basta que el anterior Presidente del Gobierno haya aceptado formar parte del Consejo Asesor de uno de los más grandes, llamado Centaurus, para que los hedge funds se conviertan en el alcaloide del capitalismo especulativo cuya misión es arramblar con toda la riqueza posible y aumentar la pobreza de la famélica legión.
Tonterías aparte, aún antes de la contratación de José Mª Aznar, los hedge funds y sus asimilados private equity, risk capital, etcétera, provocaban sentimientos encontrados. Por un lado, nadie niega su positiva contribución al mundo empresarial, en la medida que evita anquilosamientos y saca a relucir todo el valor de las empresas. Pero por otra parte, su actuación carece de transparencia y las autoridades supervisoras del sistema financiero, desde el Director General del Fondo Monetario Internacional al Gobernador del Banco Central Europeo, reclaman algunas reglas específicas para evitar que los hedge funds pongan en peligro los ya de por sí precarios equilibrios de un sistema financiero cada vez más global.
Estas instituciones de inversión privada y libre mueven inimaginables masas de dinero, procedente en muchos casos de los países petroleros -en conjunto, una cantidad equivalente al PIB de España- que como no tienen reglas a las que someterse, invierten fuera de los estándares: acuden a la Bolsa y a los mercados organizados de divisas, petróleo y otras materias primas, pero también provocan operaciones de compra, fusión y separación de empresas.
En cualquier lugar del planeta donde haya un duro a ganar, aparecerá uno de estos fondos, más bien antes que después. En España han protagonizado operaciones importantes, dentro del modesto tamaño de la economía nacional: desde la compra de las redes de Iberdrola, a la de Cortefiel. Y están presentes, por supuesto, en las dos operaciones de venta que se están cociendo ahora: Iberia y Altadis. A nivel continental, en el origen de la oferta del Santander y otros por el banco holandés ABN Amro, se encuentra el descontento de un hedge fund por la deficiente gestión de la entidad. La actividad de estas instituciones resulta altamente positiva para la economía general y los accionistas en particular, pues ya ningún gestor, ni ningún consejo de administración puede sentirse al abrigo de miradas críticas, con poder financiero suficiente para desplazarlos. Que el Presidente o el Consejero Delegado de una empresa sientan en el cogote el aliento de un comprador hostil reporta beneficios, inmediatos y cuantificables, para los accionistas pequeños que, sin comerlo ni beberlo, ven como sus acciones aumentan de precio.
¿El lado oscuro? La falta de transparencia. Como son operadores que no se financian en un mercado público, muchas veces los gestores de estos fondos acuerdan con sus clientes una rentabilidad determinada, más altas que las de las inversiones tradicionales, pero sin dar cuenta de sus actividades hasta el final del periodo; por supuesto, utilizan cualquier tipo de financiación, de forma que en muchas ocasiones mantienen una deuda superior en diez o veinte veces a los recursos propios.
Se comprende que poca información y mucha deuda son los ingredientes del plato más indigesto para los organismos supervisores, que temen verse de la noche a la mañana con que la insolvencia de uno de estos megafondos provoque una reacción en cadena con los bancos que les prestaron dinero, lo que a su vez produciría la ruina de quienes han confiado su propio dinero al banco.
La experiencia es corta porque los hedge fund nacieron en los años noventa y porque solo ha habido un caso de insolvencia. El Long Term Capital Management quebró en 1998, haciendo boquetes de consideración en los balances de bancos tan reputados como J.P. Morgan. Pero el pánico apenas duró una semana y la única lección que se puede sacar del caso contiene poco valor: efectivamente, de vez en cuando quiebra un hedge fund, pero el contratiempo puede ser reparado por el propio mercado. En todo caso, y si se produjera un nuevo contratiempo, los adversarios de José Mª Aznar ya tienen a quien culpar. Felices ellos.
PIO..PIO...
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