Nos preguntábamos en uno de los capítulos anteriores cómo es posible que no cuadraran los números en la versión oficial: número de mochilas, número de móviles comprados por los búlgaros, número de móviles liberados, número de tarjetas telefónicas compradas, número de móviles activados en Morata... Nos preguntábamos también por qué los terroristas utilizaron como temporizadores para las bombas unos teléfonos móviles que tan fácilmente permitían identificarles, en lugar de emplear un temporizador normal, infinitamente más seguro y que no deja ningún rastro.
La respuesta a esas dos dudas parece clara: es lógico pensar que los números no cuadran porque todo ese complicado montaje de los móviles, de los búlgaros, de los hindúes, de los locutorios de Lavapiés..., no tiene nada que ver con las bombas que estallaron en los trenes. Aquellas 10 bombas usaban, muy probablemente, un temporizador normal y corriente, programado para estallar cuando los trenes estuvieran en sus respectivas estaciones.
Donde únicamente se utilizaron móviles y tarjetas es allí donde esas pistas podían resultar de utilidad: en los señuelos. Había que dar a la Policía un hilo del que tirar, y nada mejor que una tarjeta telefónica que llevara en primer lugar a un "sospechoso habitual" al que poder detener antes de las elecciones y, más a medio plazo, que demostrara la supuesta implicación del comando de Morata. Las siete tarjetas activadas el 10 de marzo en Morata no tenían otro objeto que establecer la vinculación entre los atentados y esa casa tan conocida de las fuerzas policiales.
LD.
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