Cuando salí de aquella tupida alfombra de piornos, uces y xestas, me sentí más despejado y no paré hasta la siguiente loma, la del Lombeiro del Calvo, que pensaba encontrarme con león y mora por la dirección que habían tomado, pero nada de nada. De prisa y corriendo me dirigí al Pradoval, donde ahí si hay piedras grandes de 4 ó 5 m. de altura y con un campo muy amplio de visión, me subí a una y descanse un rato, me repuse un poco del susto, moví la brújula de la cabeza en todas direcciones, escuche ... (ver texto completo)