LAS SIESTAS DE VILALFRECHOS. Eran sonoras. No se oían ruidos. El calor apretaba a eso de las tres de la tarde. El pueblo estaba desértico. En las eras, cuando la fuerza motriz era de sangre, habían madrugado los labradores para ir al campo al acarreo de la mies hasta la era. Era aconsejable madrugar, a las tres o cuatro de la mañana para antes que las agujas del reloj de bolsillo marcaran las once, se estuviera en la era. A esa hora el rigor del calor se hacía notar. El parón mental que exige el ... (ver texto completo)