La única escuela de nuestro pueblo que estaba calentita, de las cinco que había, era la de párvulos pues había debajo un horno público que le daba algo de calorcillo. Después, hablo al principio de los cuarenta, se pusieron estufas de serrín, una por escuela y hacia el mediodía se notaba un poco de calo, si en aquella jornada alumbraba el sol. El resto del día, la clase, era una nevera. Te lo puedes figurar si te cuento que la estufa se encendía después de entrar por la mañana y en toda la noche ... (ver texto completo)