Hasta ese viaje, lo más que me había alejado por la línea de ferrocarril de Pamplona no pasaba de los pocos kilómetros que dista la ciudad de la caseta del guardagujas de Valcorba, donde se hacía la bifurcación de trenes hacia Calatayud o Castejón. Sucedía en las ocasiones que, después de las primeras lluvias del otoño, el abuelo me llevaba con él a pasear los domingos por la mañana, unos trechos junto la vía, otros al lado de la carretera, en busca de las setas que crecían al pie de los chopos o ... (ver texto completo)