Qué bien recuerdo todavía, Manuel, aquel viejo autobús de la empresa de Gonzalo Ruiz que nos trasladaba a Soria. También a dos de sus carismáticos personajes: Sixto, el conductor y Donato, el cobrador. Por entonces era el único cordón umbilical que nos unía al mundo exterior. Le llamábamos el coche de las siete, porque era precisamente a esas horas cuando pasaba por el pueblo en su recorrido ascendente y descendente. Además, el esperarlo paseando por la carretera, cerca de su parada, constituía una ... (ver texto completo)