Todas las mañanas, cada vecino llevaba su
cabra al lugar de
reunión, primero en la placita donde está la
panadería y más tarde a la
plaza de toros.
Por la mañana, cuando las llevabas al
ganado, las
cabras se mostraban remisas al abandonar el
corral o el portal donde habían permanecido toda la
noche, pero, cuando regresaban, no había que ir a buscarlas: ellas conocían la
casa de sus dueños. Daban al
pueblo un ambiente bucólico cuando, al
atardecer, llegaban tocando sus cencerros y campanillas, rascándose
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