A muchos de mi generación nos quedó de las monjas un recuerdo de luz artificial y frío invernal, de severidad, intolerancia y tonos grises, de tardes mortecinas acompañadas de meriendas de leche en polvo y queso pastoso y amarillento –leche y polvo de los americanos, decían. Todo esto, y más, hizo que más de uno saliera de allí aborreciendo el queso, las monjas y la leche nauseabunda y, con el tiempo, algún que otro, también a los yanquis, aunque a éstos por otras razones.