Buenas tardes, amigo Félix. Lo creía a usted por otras latitudes y ausente, por tanto, de estos foros. Aquí estamos, con los problemas informáticos solucionados. A ver si animamos el foro de nuestra patria chica. Ya se sabe, "nunca la gente de Soria hizo ruido en los foros", parodiando al alto llano numantino. Sin embargo, quién iba a decírnoslo a la gente futbolera en nuestra juventud, los que vestimos incluso la zamarra rojilla, métete en foros tipo "Marca" que hablen del Numancia, que si no pasó ... (ver texto completo)
Ambrona, Miño, Radona, Adradas… Tierra callada de llanos y colinas donde pacen rebaños de ovejas; desvencijadas estaciones, silenciosas y solitarias, cuando no hundidas, sobre las que todavía planea el fantasma de la emigración; pequeños pueblos apiñados en torno a la iglesia; campos de cereal y de barbecho, hileras de chopos que festonean de verdor algún humilde regato… ¡Hermosa tierra! Coscurita y su silo, donde la muerte del Valladolid-Ariza deshizo el nudo ferroviario, Almazán, prosperidad y ... (ver texto completo)
Buenas tardes Soria,
Muy buenas tardes Manuel
Encantada de ver denuebo tus escritos tan interesantes y que muchos tendrian que leer, y no molestar tanto, como hacen en mi pueblo, tu ya sabes por que lo digo
Que pases una feliz tarde
Un cariñoso saludo
nunca dieron batalla por perdida
alto fue el precio que pagaron
y aunque sangre a pedazos la herida
... ¡se pide memoria no venganza!...
que la ignorancia envejece
peor que la mentira
y si Judas hizo patria con un beso
la poeta en verso una canción
antes que sople el viento y lluvia y hiele
... en mi corazón. ... (ver texto completo)
Después, cuando se reanuda el viaje, me dedico a contemplar a través de la ventanilla el paisaje de mi tierra. Puedo hacerlo tranquilo, seguro de que nadie distraerá mi atención. Ningún lugareño tendrá ocasión de invitarnos a probar - ¿ustedes gustan?- las viandas de su fiambrera –un trozo de chorizo, un torrezno, una rodaja de salchichón- ni el sencillo aldeano podrá ofrecernos la sobada bota de vino tinto. Perdida la espontaneidad (son tantas las veces que han tenido que soportar la falacia de ... (ver texto completo)
Ambrona, Miño, Radona, Adradas… Tierra callada de llanos y colinas donde pacen rebaños de ovejas; desvencijadas estaciones, silenciosas y solitarias, cuando no hundidas, sobre las que todavía planea el fantasma de la emigración; pequeños pueblos apiñados en torno a la iglesia; campos de cereal y de barbecho, hileras de chopos que festonean de verdor algún humilde regato… ¡Hermosa tierra! Coscurita y su silo, donde la muerte del Valladolid-Ariza deshizo el nudo ferroviario, Almazán, prosperidad y ... (ver texto completo)
En las escasas ocasiones que he tenido de regresar a la tierra en ferrocarril, por la única línea que aún resiste al cierre, no puedo evitar sentimientos contradictorios y que aflore la nostalgia en cuanto atravieso el túnel de Horna y llego a Torralba. A la alegría del regreso añado briznas de melancolía al ver la estación solitaria, cuando tan sólo hace unas décadas bullía de viajeros que se afanaban en acarrear bultos hasta la cantina, es espera de hacer el cambio de tren. Cantina de la estación, ... (ver texto completo)
Después, cuando se reanuda el viaje, me dedico a contemplar a través de la ventanilla el paisaje de mi tierra. Puedo hacerlo tranquilo, seguro de que nadie distraerá mi atención. Ningún lugareño tendrá ocasión de invitarnos a probar - ¿ustedes gustan?- las viandas de su fiambrera –un trozo de chorizo, un torrezno, una rodaja de salchichón- ni el sencillo aldeano podrá ofrecernos la sobada bota de vino tinto. Perdida la espontaneidad (son tantas las veces que han tenido que soportar la falacia de ... (ver texto completo)
En las escasas ocasiones que he tenido de regresar a la tierra en ferrocarril, por la única línea que aún resiste al cierre, no puedo evitar sentimientos contradictorios y que aflore la nostalgia en cuanto atravieso el túnel de Horna y llego a Torralba. A la alegría del regreso añado briznas de melancolía al ver la estación solitaria, cuando tan sólo hace unas décadas bullía de viajeros que se afanaban en acarrear bultos hasta la cantina, es espera de hacer el cambio de tren. Cantina de la estación, ... (ver texto completo)
Ya no puedo recordar el rostro de Benitillo, un pedigüeño mochales a quien más de un guasón picaba ofreciéndole un duro a cambio de que lanzase vivas a Franco. Terminar la oferta y arrancarse el buen hombre con una sarta de imprecaciones contra el dictador, era todo uno, para regocijo del bromista y del corrillo de curiosos atraídos por el ruido de las voces. También se han borrado de mi memoria las facciones de la Manquilla, apodo por el que se la conocía por culpa de sus deformados brazos convertidos ... (ver texto completo)
El Cañuelo y la Central me arrastran inevitablemente a los días de la infancia, cuando la provincia todavía era encrucijada ferroviaria de las líneas que la cruzaban de norte a sur y de este a oeste: Soria-Castejón; Torralba-Soria; Calatayud-Cidad Dosante; Valladolid-Ariza… La ciudad chiquita, apenas dieciocho mil almas la habitaban, vivía cercana al ferrocarril. Y tan cercana que la desaparecida estación de San Francisco se asomaba a sus mismas puertas, o más bien estaba dentro de ella. Disimulada ... (ver texto completo)
Ahora que han pasado tantos años, y desde la tierras lejanas del exilio, recuerdo algunos de aquellos nombres que permanecen grabados en la memoria. Son nombres de personas, de lugares, de rincones de mi ciudad o de tiendas que, o han desaparecido, o ya no son lo que fueron. Pienso que recordar aquello y a aquellos que contribuyeron a hacernos como somos es una forma de gratitud y quizá de justicia. Cualquier tiempo y cualquier medio son buenos para rescatar del olvido a quienes nos entregaron la ... (ver texto completo)
Ya no puedo recordar el rostro de Benitillo, un pedigüeño mochales a quien más de un guasón picaba ofreciéndole un duro a cambio de que lanzase vivas a Franco. Terminar la oferta y arrancarse el buen hombre con una sarta de imprecaciones contra el dictador, era todo uno, para regocijo del bromista y del corrillo de curiosos atraídos por el ruido de las voces. También se han borrado de mi memoria las facciones de la Manquilla, apodo por el que se la conocía por culpa de sus deformados brazos convertidos en muñones. Solía acercarse a la Claustrilla para pedir limosna a los viajeros que montaban en la Central, el autobús que bajaba a la estación de Cañuelo. Quizá nadie recuerde su nombre de pila ni el mes y año que nos abandonó. También nos dejo el señor Demetrio, el conductor de aquel cacharro, un viejo Chevrolet, creo, al que no sé por qué le llamábamos la Central, atestado siempre de maletas y viajeros cuando el ferrocarril todavía era una realidad viva y pujante en nuestra provincia. No volví a saber de Daniel, el cobrador, ni de aquel señor, Velilla creo que le decían, que vendía periódicos y revistas en la librería del vestíbulo de la estación y que, al terminar la jornada, regresaba a la ciudad en su vieja bicicleta. ... (ver texto completo)
Desde aquella ocasión, cada vez que se cruzaban por la calle el abuelo y Eliseo, éste soltaba una mano de la manivela del cochecito de ruedas y la levantaba en señal de saludo, acompañando el gesto con un adiós, señor Paco. El abuelo sonreía explicándome que era la única persona que lo llamaba así, pues todo el mundo le decía Francisco. También me contó otra vez, tiempo después, que su nombre legal, el que figuraba en los papeles no era ése, sino José, y que todo se debía a una cabezonada de su padre, ... (ver texto completo)
Ahora que han pasado tantos años, y desde la tierras lejanas del exilio, recuerdo algunos de aquellos nombres que permanecen grabados en la memoria. Son nombres de personas, de lugares, de rincones de mi ciudad o de tiendas que, o han desaparecido, o ya no son lo que fueron. Pienso que recordar aquello y a aquellos que contribuyeron a hacernos como somos es una forma de gratitud y quizá de justicia. Cualquier tiempo y cualquier medio son buenos para rescatar del olvido a quienes nos entregaron la ... (ver texto completo)
Eliseo tenía una frente amplia, desmesurada, renegrida por las muchas horas pasadas bajo el sol castellano; y sacaba su mal carácter, lo que sucedía a menudo, cuando algún guasón lo los gamberros de turno le mentaban la cabeza para cabrearlo: “coño, Eliseo, si no es por la cabeza no te veo”. Recuerdo, porque me lo contaron varias veces, que aquel día iba jurando en hebreo, en arameo y en sánscrito –políglota el hombre, en esto de los tacos-, acordándose de todos los antepasados, próximos y remotos, ... (ver texto completo)
Desde aquella ocasión, cada vez que se cruzaban por la calle el abuelo y Eliseo, éste soltaba una mano de la manivela del cochecito de ruedas y la levantaba en señal de saludo, acompañando el gesto con un adiós, señor Paco. El abuelo sonreía explicándome que era la única persona que lo llamaba así, pues todo el mundo le decía Francisco. También me contó otra vez, tiempo después, que su nombre legal, el que figuraba en los papeles no era ése, sino José, y que todo se debía a una cabezonada de su padre, ... (ver texto completo)
Memorias de Martín Pedraza (5)

Viajaron para siempre

Eliseo subía despacio por el Espolón, como todos los días, en su carrito de inválido, camino de las Casas de Chocolate, donde vivía. Cualquiera de aquellos forasteros que paraban para comprarle alguna de las postales que vendía, de haber oído hablar de tales viviendas, hubiese pensado, despistado, que su nombre algo tendría que ver con las peripecias sufridas por los hermanos Hansel y Gretel, o con malvadas brujas aplicadas en encantamientos ... (ver texto completo)
Eliseo tenía una frente amplia, desmesurada, renegrida por las muchas horas pasadas bajo el sol castellano; y sacaba su mal carácter, lo que sucedía a menudo, cuando algún guasón lo los gamberros de turno le mentaban la cabeza para cabrearlo: “coño, Eliseo, si no es por la cabeza no te veo”. Recuerdo, porque me lo contaron varias veces, que aquel día iba jurando en hebreo, en arameo y en sánscrito –políglota el hombre, en esto de los tacos-, acordándose de todos los antepasados, próximos y remotos, de un grupo de estudiantes de la Normal, allí cercana, que de seguro se habrían metido con él desde los jardincillos de un rincón del paseo, adosados al Arca de Noé, la chatarrería de la calle Concepciones.

Yo era, por entonces, un mocoso que escasamente levantaba cuatro palmos del suelo, cogido de la mano del abuelo Francisco, quien probablemente se dirigiría en busca de su amigo Latorre al edificio del Parque de Bomberos, en cuya planta alta ensayaban los músicos de la Banda Municipal. A quien conociera al abuelo, que no soportaba los abusos ni las injusticias, y más si las sufrían quienes no podían defenderse, no le resultaría extraña su reacción de vocear abroncando a aquellos tarambanas, dándose el gusto de unir sus improperios a los de Eliseo que, crecido por la inesperada ayuda, sacó a relucir lo más florido de su repertorio. Y es que todo lo que el abuelo tenía de tozudo, protestón y cascarrabias, lo superaba su buen corazón, aunque eso no le evitara meterse en algún que otro problema porque parecía que disfrutaba con su maldita manía de no callarse ante nadie. Y no eran aquellos tiempos, precisamente, proclives a la protesta. No era de extrañar, pues, que, de mozo, le cortaran más de una vez el pelo al cero en la mili, o que, después, tuviese algún que otro roce con los jefes, aunque la cosa no solía pasar a mayores. Estas son las ventajas, decía, de que en las pequeñas ciudades nos conozcamos todos y sepamos de qué pie cojea cada uno. Mi madre no solía estar de acuerdo con esta forma de pensar y se lo reprochaba, diciéndole que dejara el mundo correr, o sea, que fuera a los suyo sin meterse en camisa de once varas. Bueno era el abuelo para que le llevasen la contraria, y contraatacaba diciendo que si ella se aguantaba todo, él no, y no consentía que nadie le pisase, a lo que mi madre le respondía que si le parecía poco lo que ella tenía que aguantarle; con lo que ya estaban a vuelta con las escaramuzas cotidianas que, como tales, solían quedar en agua de borrajas. ... (ver texto completo)
Memorias de Martín Pedraza (5)

Viajaron para siempre

Eliseo subía despacio por el Espolón, como todos los días, en su carrito de inválido, camino de las Casas de Chocolate, donde vivía. Cualquiera de aquellos forasteros que paraban para comprarle alguna de las postales que vendía, de haber oído hablar de tales viviendas, hubiese pensado, despistado, que su nombre algo tendría que ver con las peripecias sufridas por los hermanos Hansel y Gretel, o con malvadas brujas aplicadas en encantamientos ... (ver texto completo)
Buenas tardes Manuel,
Te deseouna feliz tarde, y animos,, espero ver de nuebo alguna de tus vivencias, disfruto leyendolas
Un cariñoso saludo
Reina en el lago de los misterios tristeza suma:
los bellos cisnes de cuello negro terciopelo,
y de plumaje de seda blanca como la espuma,
se han ido lejos porque el hombre tiene recelo.

Aún no hace mucho que sus bandadas eran risueños
copos de nieve, que se mecían con suavidad
sobre las ondas, blancos y hermosos como los sueños
con que se puebla los amores de la bella edad.
... (ver texto completo)
El lago amaban donde vivían como señores
los nobles cisnes de regias alas; pero al sentir
cómo implacables los perseguían los cazadores,
buscaron tristes donde ignorados ir a vivir.

Y poco a poco se han alejado de los parajes
del Budi hermoso, que ellos servían a decorar,
yéndose en busca de solitarios lagos salvajes
donde sus nidos, sin sobresaltos, poder salvar.
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Reina en el lago de los misterios tristeza suma:
los bellos cisnes de cuello negro terciopelo,
y de plumaje de seda blanca como la espuma,
se han ido lejos porque el hombre tiene recelo.

Aún no hace mucho que sus bandadas eran risueños
copos de nieve, que se mecían con suavidad
sobre las ondas, blancos y hermosos como los sueños
con que se puebla los amores de la bella edad.
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