Sin embargo, de entre aquellos hábitos y togas, sobresalía la figura singular de sor Rosario, una buena mujer –imagen de aquellas otras monjas de los orfanatos de pobres, asilos y hospitales que veíamos en las películas-; sevillana dinámica y risueña que irradiaba alegría, a la que no costó mucho trabajo convencer a algunos padres de que sus chicos debían aprovechar las aptitudes y no quedarse estancados, por lo que ella se encargaría de hablar con los frailes para que pudieran seguir estudios con ellos. Y así fue como nuestra vida, gracias a aquella santa, tomó el rumbo hacia otro lugar que se nos antojaba la tierra prometida después de la travesía del desierto. La pequeña distancia que separaba un colegio de otro –la que va de la plaza de Cabrejas a la de Abastos- guardaba poca relación con las diferencias de carácter entre ambos. Los padres, los hijos espirituales de il Poverello, no establecieron nunca discriminaciones entre los alumnos, ni por razones sociales, económicas o de trato, sin más diferencias y separaciones que las que imponían la edad y el cambio de curso. En este ambiente fueron pasando los cursos, pasó el ingreso, fuimos creciendo y, casi sin notarlo, nos adentramos en las inexploradas tierras del bachillerato. ... (ver texto completo)