Todos los días de verano los pasábamos en "El Risco", sobre una de aquellas mesetas que se sucedían para aportarle rasura llana a la ladera y poderla cultivar. En la nuestra se remansaba un torrente de agua fresca y, mis mayores, la retenían improvisando una caudalosa poza. De ella surgían aromas frescos, de múltiples hierbas que eligen los humedales para vivir. Y, un acinamiento de piedras, daban techo y pared a una acogedora cabaña. Entre las amorfas oquedades que libraban tales cantos pétreos ... (ver texto completo)