Ayer despedimos en Barcelona a Félix. Fuimos muchos los que allí nos juntamos para decirle adiós; tantos que apenas si cabíamos en la capilla del tanatorio. Allí estaba su mujer, Alicia, rota por el dolor; Manolo, su hermano, aguantando el tipo como podía el hombre; y también ese chiguito tan majo, que era el orgullo de su padre, Adrián, que con sólo diecisiete años demostró con su actitud que ya está hecho un hombre. Por voz de su prima, Adrián le dedicó a su padre una carta de despedida que nos ... (ver texto completo)